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Mientras ella duerme / Norberto Luis Romero PDF Imprimir E-Mail


Hasta aquel jueves maldito, ella ni siquiera había imaginado que cada noche, durante mis paseos insomnes por la casa, como un murciélago, fumando, desvelado por sus ronquidos poderosos, yo tejía y destejía el asesina-to; urdía la forma mejor, la única posible para el crimen perfecto, para enviarla a mejor vida y librarme de su carga, de sus ciento treinta kilos de entonces y de su agresividad y violencia descontroladas y crecientes.
     El sueño se le volvió pesado, con la contundencia del plomo, desde que engordó, y ni una salva de cañonazos o una estampida podrían interrumpir su dormir profundo, ese mundo oculto en las simas más profundas de su cerebro, cuya entrada clausura con sus párpados hinchados. Era también una ventaja, en aquel entonces, un salvoconducto que me permitía andar a mi antojo por la casa, leer varias horas, tomar apuntes, trazar el esquema y las etapas de mis planes con cálculo preciso; ardua y meticulosa tarea ahora malograda por culpa de Charo.
     Buscaba la manera perfecta de deshacerme de tanto hastío a su lado, de una desilusión insalvable cuya envergadura y solidez parecían aplastarme como una lápida; y de evadir los reiterados, constantes malos tratos a los que todavía hoy me somete, y que arrecian a medida que su amistad con Charo se consolida, se hace más íntima, con esa especie de baba envolvente que las une en la confidencia y la risa; y también a medida que su cuerpo amorfo agrega paulatinas cortezas de tejido adiposo hasta hacerla desbordar del lecho, embotarle el sentido común, entorpecerle la movilidad y agriarle el carácter.
     Todavía hoy, a pesar de todo lo ocurrido, se interna en los laberintos sagrados del sueño, en las imágenes y sonidos donde se extravía y disfruta cada noche como una reina, dédalo misterioso desde el que emite sus ronquidos emponzoñados, sirena poderosa y sincopada que atruena en la noche y me impide dormir. Ciento cincuenta kilos ahora son demasiado volumen, demasiada mujer que satisfacer cuando ya no me interesa, cuando la náusea y el odio me dominan cada vez más y ni siquiera soporto el roce de su piel. Sé que ella no tiene la culpa de su patética transformación, que una extraña e incurable enfermedad es la causa; pero tampoco tengo la culpa. Y lo peor de todo es que se ha acostumbrado a su mole, la juzga como un regalo de la naturaleza, e incluso se siente atractiva, cuando no irresistible; y se pinta y perfuma poco antes de que llegue su amiga. Está orgullosa, íntimamente halagada con sus kilos, con la incapacidad para abandonar la cama en la que yace tumbada a la bartola desde hace más de un año mirando televisión, leyendo revistas de moda y de cotilleos de estrellas de cine, hablando por teléfono con quien yo me sé, comiendo golosinas a todas horas, arrojando al aire sopores fétidos, invadiendo todo el cuarto con sus ventosidades ruidosas. Y ahora, claro, desde que Charo la visita está mucho más contenta, más feliz.
     Su gordura, hedores y ronquidos no fueron los únicos motivos que me produjeron esta espantosa repulsión que todavía hoy persiste y se acentúa; lo es también su carácter, que desde que apareció este extraño mal se le volvió áspero como la carne de un membrillo, acre con el tiempo y ahora arbitrario y violento. El problema se acentuó, se duplicó cuando, a mi preocupación por hallar soluciones viables, tuve que sumar la manera de deshacerme de semejante mole sin levantar sospechas ni dejar huellas, sin contar con un cómplice (ni remotamente se me ocurrió pensar en Charo, es obvio, afortunadamente, hubiera sido el error de mi vida) que me facilitara las cosas, aun sabiendo los inevitables riesgos que entraña compartir un delito de tal calibre: jamás tuve fe en el trabajo a medias, en las sociedades, que siempre acaban en enemistad y con la pérdida de alguna de sus partes.
     En aquellos días, que hoy rememoro a pesar de todo con cierta nostalgia, a primera hora de la mañana ponía a buen recaudo mis apuntes, mis croquis, arrojaba a la basura las colillas testigos del insomnio, escondía las novelas con párrafos subrayados en rojo. De estos actos rutinarios, el único que conservo es el de volver a meterme en la cama a su lado muy temprano, mientras ella todavía duerme, y, haciendo equilibrio en el filo del colchón, me arriesgo a perecer bajo el alud adiposo si ella se diese la vuelta en sueños. Cuando abre los ojos, convencida de que he pasado la noche allí, junto a su gigantesca presencia, bostezo fingiendo despertar y le doy los buenos días a la par que le estampo un beso baboso en su mejilla rechoncha, un beso de venganza cuya esencia malvada ella ignora. Es entonces cuando comienza a quitarse las telarañas del sueño, expulsa ostentosas ventosidades que alivian su vientre y se dispone a ordenarme el suculento desayuno que debo llevarle a la cama. Cuando acaba y eructa me recuerda que me ponga la bata y empiece a ocuparme de todas las tareas domésticas que ella dejó a un lado desde que engordó y decidió, además, que había llegado el momento de gratificarse de los sacrificios del matrimonio con un largo descanso, mientras que yo, en justa equidad, la relevo de las fatigosas labores domésticas. Ocupaciones que cumplo a rajatabla y que, contrariamente a lo que podría pensarse, no son mi mayor motivo de irritación, como tampoco lo son su gordura, ni su soberbia, ni sus gritos y olores, sino el hecho de que se dirija a mí en femenino con indignos modales, incluso para dirigirse a una sirvienta. No me subleva tanto que me llame cabrón, cerdo y otras lindezas, como lo hacía los primeros tiempos, sino «cabrona», «cerda»..., escarnios de los que abusa desde que apareció su íntima amiga Charo, y comenzó a frecuentar la casa los jueves por la tarde.
     Al principio me rebelé a su trato injusto y la increpaba, discutíamos y peleábamos hasta desgañitarnos y enronquecer. Después me pareció más decorosa la indiferencia y opté por no contestarle, y responder a sus órdenes con un melodioso «Sí, mi amor», «Sí, cariño», mientras en silencio paladeaba la semilla de mi hoy frustrada venganza. También me resultaba humillante que arreciara sus malos tratos delante de Charo, íntima de la infancia, según ella, y para mí surgida como por arte de magia; que, aunque mantuvo la boca cerrada delante de mí hasta aquel jueves aciago, aprobaba en todo momento la conducta de mi mujer, y me consta que la acicateaba en mi ausencia con alguna de sus malsanas fantasías para enardecerla más.
     Los jueves llamaba a la puerta del dormitorio con tres golpecitos discretos; ellas callaban ante mi presencia y se dirigían miradas cómplices. Yo les servía en silencio el té con pastas en una de esas mesitas especialmente hechas para colocar sobre la cama, que adquirí cuando empezó todo este desagradable asunto. Allí las dejaba parloteando y riendo como hienas, hasta que un grito de mi mujer: «Ven aquí, guarra, que ya hemos terminado», me obligaba a recoger el servicio, las migas de la colcha y la alfombra (actualmente a esta rutina se le agregan otras más dolorosas), y a acompañar a Charo hasta la puerta, justo hasta el instante en que ella se daba la vuelta y mirándome con sus ojos de pescado me sonreía y se despedía de mí: «Hasta el jueves, cerdita», como todavía hoy lo hace, y yo me quedaba allí, parado en la escalinata y viéndola atravesar el jardín en equilibrio sobre las piernas flacas como de alambre, y llevando bajo un brazo la caja de cartón alargada con que apareció el primer día, que es poco menor que una de zapatos, cuyo contenido era un misterio para mí y que hoy está un poco destartalada por el uso. Y desde entonces no deja de atosigarme el deseo inmenso de mandarla a freír espárragos y cerrar la puerta de un golpe para no abrírsela nunca más... pero ella se lo contaría todo a mi mujer, que increparía mi falta de tacto, de gentileza, reprochándome que espanto a sus amigas con mi mal carácter.
     A diario acometo mis tareas: limpiar el polvo, pasar el aspirador, recoger, seleccionar la ropa para la colada, preparar la comida, hacer la compra con la misma dignidad y responsabilidad con que pergeñaba el crimen... Todo esto lo hago a gusto, pero lo que no deja de hacerme sentir humillado es ir a la compra con el carro de loneta floreada, sobre todo por lo de la bata boatiné (que era de cuando ella estaba delgada, y que por obligación llevo puesta a todas horas), porque desde la ventana grande del dormitorio, que me hace abrir al amanecer, me vigila y controla, y como perciba un vago ademán de quitármela me organiza un follón, me monta una escenita que se oye desde la manzana vecina. De todas formas, ya no se ríen abiertamente de mí como antes, se habituaron a verme así, sentado en un banco del parque, con el carro a rebosar, haciendo tiempo bajo el sol y dando de comer a las palomas. Tampoco soy el único, hace días vi a un señor también en bata rosa. Comentarios a mis espaldas sé que los hay, y risitas, pero todavía mantengo la esperanza de reír el último.
     Antes, en el fondo del carro siempre traía oculto algún libro de última adquisición; invariablemente una novela policial en la que inspirarme, desbrozar de espinas el camino hacia mi liberación. Tal vez cometí un error aquel jueves cuando Charo reparó en el creciente volumen de la biblioteca y me lanzó, tras echar una mirada rápida a los lomos de los libros, un comentario irónico que creí esquivado: «Cuántos libros policiales tiene usted, cerdita», y le contesté que había heredado esa predilección de mi padre, y, en un arranque de debilidad, y deseoso de agradarle, agregué que si le gustaba alguno podría prestárselo cuando quisiera; Charo siempre me llama únicamente «cerdita»; mi mujer, en cambio, utiliza todo un abanico de apodos, la mayoría extraídos del reino animal: «burra», «lagarta», «vaca», «foca», «gallina», «gusana»... y cuando su enfado supera los límites estrechos de su paciencia (cosa muy frecuente): «puta» o «frígida».
     Pero de todos los insultos a los que me somete, el que más me molesta es el de «estúpida»; acaso porque mi madre me llamaba así cada vez que me resistía o me negaba a llevar los horribles vestiditos llenos de volantes y lazos, que habían sido de mi pobre hermana muerta prematuramente. No sé, son inusitadas y múltiples las maneras de disolución del amor e inescrutables las heridas de la infancia.
     Desde aquel jueves que Charo hizo ese comentario, escondí cada libro que compraba dentro de un viejo baúl con candado, en el altillo, pero sólo los que podían serme útiles, a los otros, los que no valían para mis planes, una vez leídos los quemaba por la noche en la chimenea, y en verano los arrojaba hoja por hoja a las aguas del inodoro.
     Y un jueves ocurrió lo imprevisible.
     Llegó Charo sobre las cuatro de la tarde con las pastas de té y esa otra caja bajo el brazo, que hasta esa tarde había constituido un misterio, y se encerró en el dormitorio con mi mujer a merendar, reírse y murmurar del vecindario. Mientras limpiaba el polvo del salón las oí más animadas que de costumbre, no paraban de hablar y de reír, cacareando como gallinas en celo. De pronto se abrió la puerta y apareció Charo:
     —Cerdita, haga usted el favor de ir a por más pastas. Estamos más hambrientas que nunca.
     En el camino a la pastelería, vi a lo lejos a aquel otro señor con bata rosa saliendo de la librería y me compadecí.
     Cuando regresé, nada más trasponer la puerta de calle, oí los gritos de mi esposa llamándome. Entré en el dormitorio y vi mis libros desparramados por el suelo y sobre la cama, y a Charo, muy envarada en la silla, junto a la ventana abierta de par en par, con los ojos más saltones y brillantes que nunca.
     —¿Quieres que la cierre? —balbucí.
     —¿Esto qué significa, guarra? —fueron las palabras de mi esposa, instalada cómodamente en el borde peligroso de la cólera, agitando en alto uno de los esquemas de mi plan.
     —Son todos iguales —apostilló Charo—. Unas cerdas.
     Y sin darme tiempo a articular una excusa, mi mujer comenzó a arrojarme a la cabeza un volumen tras otro. Charo cogió Extraños en un tren (mi preferido), e hizo otro tanto, con tan buena puntería, que me dio en un ojo con una arista. Y al ver mi ojo amoratado y lloroso, las dos soltaron una carcajada sonora y prolongada que les arrancó lágrimas.
     Hoy deduzco cómo fue que mi mujer se enteró de la existencia de los libros en el altillo, aunque no sé cómo dio con la llave del baúl donde estaban los más comprometedores, los que tienen frases subrayadas por mí, croquis y apuntes de mi plan metidos entre las páginas: Charo lo había sospechado cuando advirtió el baile constante de títulos en las estanterías y me había delatado.
     —¡Ven aquí, cerda! —me ordenó mi mujer cuando arreciaron sus carcajadas pero sin perder la sonrisa maliciosa. Y vi con insalvable nitidez las espinas afiladas de la ira perfilándose en su cara fofa y enrojecida, a punto de lacerarme. Temblando, igual que cuando mi madre me ponía aquellos vestiditos, le obedecí, me acerqué a ella como si anduviera sobre cristales o entre un campo minado. De soslayo vi a Charo que no dejaba de observarme, muy quieta, con una sonrisa húmeda colgándole de la boca apretada, con los ojos de pescado iluminados por la repentina e íntima alegría de una malicia desatada y dispuesta a abalanzarse sobre mí con la misma puntería con la que me había arrojado la novela.
     —¿Qué quieres, cielo? —llegué a articular entre lágrimas, un instante antes de que me agarrase por el cuello de la bata boatiné con sus enormes manos y me tironeara hasta dejar mi cara pegada a la suya, enrojecida de ira, sudorosa.
     —¿Así que quieres deshacerte de mí, no, estúpida?
     Hacía uso del insulto que más me dolía y creí estar oyendo la voz de mi pobre madre; me pareció llevar puesto uno de los vestidos pespuntados de rojo, notaba el peso de sus volantes, el crujir de las faldas almidonadas, la rigidez de las enaguas de armar rozándome los muslos con su aspereza de mosquitero. Atiné a negar con la cabeza antes de enmudecer entre las manos poderosas y rechonchas, que en nada se parecían a las finas y elegantes de mamá. Y oí a Charo detrás de mí, que la azuzaba: «Sujétalo, querida». Y mi mujer le obedeció en el acto y me cogió por la nuca arrojándome sobre la cama, me dejó tendido prácticamente encima de su cuerpo, arqueado sobre su enorme vientre, con las piernas colgando fuera de la cama y la cara sepultada entre sus pechos enormes, hasta casi ahogarme.
     —¡Sujétalo bien! —sonó a mis espaldas una voz metálica y afilada como una navaja. Y sentí unas manos frías, terriblemente heladas, manosearme aquí y allá, buscando descaradamente en la entrepierna.
     —¡Frígida! —volvió a resonar la voz aguda, de loca histérica, un tono que sólo a mi madre le hubiera consentido.
     —¡Estúpida zorra, te vas a enterar! —gritó mi mujer, y me oprimió con más fuerza a su cuerpo grasoso obligándome a sentir todos sus olores—. ¡Ahora, Charo, querida!
     Y la cara de pescado desabrochó con pasmosa pericia la hebilla de mi cinturón, me bajó los pantalones dando un tirón certero; también las bragas rojas de encaje que me obliga a usar todos los jueves la gorda, y me subió la bata boatiné que sujetó atándomela a la cintura.
     Mientras intentaba recomponer en mi cabeza lo que estaba ocurriendo, todo ese cúmulo de desagradables sorpresas que se mezclaba anacrónicamente con trozos de mi infancia, miré por la ventana hacia el jardín, y vi al individuo aquel de la bata rosa, con el carro de la compra sujeto a una mano, mirando hacia dentro con gesto de compasión. Escuché a mis espaldas un frufrú urgente que me indicó que Charo se estaba despojando de su ropa. Quise darme la vuelta, pero las tenazas de mi mujer me lo impidieron, y en ese mismo instante, el desagradable tacto de una piel helada y áspera se pegó a la mía, y unas manos hambrientas y torpes me hurgaron con inusitada premura y voracidad. Mi mujer arreció su abrazo mortífero, me mantuvo inmovilizado, con la cara sepultada entre sus enormes pechos azulados y agrios. Por el miserable espacio que ese horizonte cóncavo me dejaba libre, vislumbré una mano de Charo palpando a ciegas el revoltijo de mantas y de libros en busca de su emblemática caja de cartón, y más allá, en el jardín, al individuo compungirse.
    

     Desde ese jueves aciago que complicó mis desvelos, que me privó de los libros, sin imaginación apenas para fraguar un plan, me sumerjo cada noche en la miseria, en la desesperación y la impotencia. Mi mente se extravía en suposiciones, se enreda en una apretada madeja de confusos o vagos incidentes y sucesos pasados cuyo extremo jamás hallo adecuado a mis desvelos. Todo se me mezcla de manera patética: el perverso motivo de sus risas y gritos histéricos, que inundan la casa después de la hora del té; el terror a los jueves; el cuerpo desnudo de Charo, más próximo al de un ave zancuda que a un ser humano, los arañazos, la increíble fuerza de mi mujer, los insultos, dos extraños en un tren, vestidos con sendas faldas de volantes, urdiendo un doble asesinato, mis libros destruidos, mi insomnio mientras ella duerme y ronca, y el artefacto terrible de la caja de cartón con el que Charo me tortura, mientras su desgraciado marido, en bata y con el carro de la compra, nos mira embobado por la ventana.
 
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