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Poemas / Laura Wittner PDF Imprimir E-Mail

Los chicos juegan en la plaza
    
     Más atrás siluetas juegan tenis.
     Todavía más atrás está el zumbido
     que se eleva desde algún fluir de tránsito.
     Y más atrás el paredón
     irregular de los edificios caros
     de los cuales a esta hora sólo uno
     y sólo en los dos pisos superiores
     retiene luz de sol, bastante aguada.
     Ahora, fijate lo que pasa:
     de entre la ronda de pinos que son tu primer plano
     alguien, un pájaro, rompe a trinar
     a todo lo que da,
     con desafío y con oficio:
     es breve lo que emite, y eficiente.
     Si estabas con la vista sobre el libro
     al mirar hacia arriba entendés de un tirón
     qué es lo que imanta esas capas superpuestas
     de urbanismo irreal que te contienen.
     Cómo es que no se desmoronan
     estrato por estrato dejándolos a ustedes
     desnudos en mitad del escenario.
     Pero entender fue tan fugaz
     como el grito del pájaro.
    
    
    
Lo luminoso que se ve de noche
    
     En las épocas míticas salía sola de noche:
     salía al patiecito y pisando la maceta
     trepaba hasta la medianera y me sentaba
     a interrogar los cielos desde lo más profundo
     del corazón de Villa Crespo. Porque si antes
     las estrellas señalaban el camino en el mar
     tal vez ahora esta galaxia de neones,
     resplandores de hielo, ventanucos de baño,
     rayos móviles provenientes de ferias,
     la cautivante sincronización
     de las luces de pasillos de edificios
     pudiera sugerirnos variar unos centímetros
     el recorrido, a ver dónde llegamos.
    
     Un helicóptero en un cielo negro
     es su luz blanca y su sonido jadeante.
    
  No por urbana la luna es menos poderosa.
     
     Últimamente veo desde mi balcón
     algo como una grúa inmensa,
     una viga infernal que, paralela al cielo,
     se encaja entre edificios altos
     como dispuesta a rearmar el panorama,
     delimitada por dos luces fatuas:
     punto rojo en un extremo, y en el otro
     la extrañeza hecha luz: un rectángulo verde
     fluorescente, imposible de entender: de día
     parece una pantalla que proyecta
     en continuado y para nadie, y de noche
     refulge en el centro de su hueco
     evocando desplazamientos mudos
     que hablan de lo difícil que es fijar impresiones.
     Refulge desde allí como un dios verde
     de Philip Dick, con resabios de Lem.

 
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