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Esplendor de Lobo Antunes / Antonio Ortuņo PDF Imprimir E-Mail

 

Premio FIL

BORGES, en elogio de una novela de William Faulkner (esa novela era ¡Absalón, Absalón!), anotó que sólo a unos pocos escritores les estaba dado alcanzar, paralelamente, el esplendor verbal y la capacidad de conmovernos. Erigía como ejemplos al propio Faulkner y a Shakespeare, de quien decía, citando o fingiendo citar a Bertrand Russell: «Contiene a la vez a Góngora y a Dostoievski».
    Hay unos pocos casos contemporáneos equiparables, y hablaré del más patente. La prosa de António Lobo Antunes ofrece complejidad, rigor y un talento verbal de proporciones casi intolerables. Y, sin embargo, no lo hace a modo de simple juego intelectual, de árida exhibición de virtuosismo. Transitar por las páginas de Fado alejandrino, Auto de los condenados, Manual de inquisidores, Esplendor de Portugal o Buenas tardes a las cosas de aquí abajo es, antes que nada, una profunda experiencia de las emociones y los sentidos.
    Lobo Antunes, perfeccionista del lenguaje por excelencia, ha dicho que escribe novelas porque no sabe hacer poesía, que no cree en el «duende» sino en el trabajo, y que un libro, cuando funciona, es un ser vivo y autónomo. Cualquiera que lo lea se percatará fácilmente de que en su obra abundan la poesía y el «duende» y que, tal como prefigura su autor, sus libros no parecen artificios, sino organismos tan vivos que la vida real resulta pálida a su lado.
    Está siempre en la quiniela del Nobel. Ha ganado casi dos docenas de premios y sus libros se han traducido a 50 idiomas. Sin embargo, suele mostrarse desdeñoso hacia el aparato mercantil que acompaña a la literatura.
    Nació en Portugal hace 66 años. Estudió medicina y se especializó en psiquiatría. No ha faltado, en el mundillo literario, quien lo tilde de arrogante. Quizá porque es fácil que la vida pública le resulte fastidiosa a un hombre que pasó por los infiernos de la guerra. No lo entusiasman las entrevistas, pero es cortés con la prensa. En corto, incluso se permite ser mordaz. Es bien sabido, por ejemplo, que no alberga demasiada simpatía por su compatriota José Saramago y que la frialdad es mutua. Un chiste que consigna la prensa es que cuando Saramago ganó el Nobel, en 1998, toda Europa llamó para felicitarlo, pero luego de haber llamado a Lobo para decirle que debieron dárselo a él...
    Aunque ha sido un hombre de izquierda, su descarnada revisión de la llamada Revolución de los Claveles y del final del colonialismo de su país le granjeó enemigos en todos los bandos. No se entretuvo demasiado en firmar cartas abiertas. En lugar de eso escribió obras duras y complejas que lo convirtieron en uno de los autores más respetados de Europa.
    Siempre le interesó la literatura. Quinceañero impresionado por la lectura del Viaje al final de la noche, le mandó una carta a Céline. El misántropo francés le respondió y con ello lo dejó marcado para las letras.
    Las experiencias personales de Lobo Antunes redondearon el cuadro. Fue parte del cuerpo médico del ejército portugués durante la última fase de la guerra de liberación de Angola, entre 1970 y 1973. No hay guerra buena, pero aquella fue particularmente atroz. Lobo dice que la mayor parte de sus amigos son veteranos de esos días bélicos. Comenzó a escribir por esos años. Innovador, lírico y elaborado, su estilo no se parecía a nada de lo que se estaba escribiendo. Le devolvieron sus primeros manuscritos de las editoriales, a veces sin leerlos. Finalmente un sello independiente se arriesgó. Su primer libro, Memoria de elefante, vendió 200 mil ejemplares apenas salió al mercado, y lo volvió célebre. «Ahora me compran los manuscritos sin leerlos. Seguro que si me pongo a cagar me aplauden», dijo hace poco a la prensa.
    Pese a estas intensidades, se ha resistido a que se haga una lectura biográfica llana de sus obras. Reivindica sobre todo la paciencia de artesano con que trabaja y vuelve a trabajar sus frases hasta conseguir el efecto que desea. «Hay una maquinaria invisible detrás de cada página, una maquinaria que el lector no ve, y no debe verla, porque si la ve el libro ya no es bueno. Y esa maquinaria sólo funciona gracias a una cosa: trabajo. El trabajo es el que te permite hacer creíble el relato, vertebrarlo, enlazar sus elementos, organizar la obra, porque si sólo hablamos de emociones en estado bruto, ¡vaya caos! ¿El talento? Sólo creo en el trabajo», le dijo al diario El País.
    Viudo, padre de tres hijas, recuperado del cáncer que lo aquejó hasta hace pocos meses, señala con ironía que no se avergüenza de las ganancias que su obra le proporciona. Cuando vino a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2006, bromeaba acerca del deportivo rojo que acababa de comprarse gracias a las crónicas que firma para la prensa.
En aquella visita pude charlar con él durante algunos minutos. Se burlaba de quienes mencionaban su aspecto melancólico. Aunque lo había fastidiado lo poco que se habló de literatura en la rueda de prensa que había concedido, me permitió hacerle algunas preguntas ante una grabadora, mientras almorzaba.


Su prosa se acerca continuamente a la poesía...
La diferencia de los géneros me parece cada vez más artificiosa. A un escritor lo mueve la ambición de hacer un libro total que lo contenga todo. Gogol llamó poema a Las almas muertas. Es cada vez más difícil hacer una diferencia.

Usted, Saramago y Rubem Fonseca han impulsado la literatura en portugués...
No creo en concepciones nacionalistas en cuestiones artísticas. Me mandaron a la guerra en nombre de los grandes conceptos abstractos: patria, honor, cosas así, y no creo en ellos. Pero mi país es el de Chéjov, Beethoven, Velázquez. Si no es buen arte, no es mío. Y si lo es sí, porque me gusta. Yo he vivido fascinado por ese autor mexicano y portugués que es Joseph Conrad [ríe]...

La crítica lo celebra, pero a la vez lo considera complejo.
Los libros tienen una llave. Y nosotros abrimos los libros con una llave propia, formada por experiencias y lecturas. Pero un buen libro tiene su propia llave, distinta, y con ésa tienes que abrirlo. Cuando leía a Conrad, al principio, no entendía nada, como si caminara en la niebla. Pero la emoción literaria no es para entenderse, es para experimentarse.

Los aplausos a su obra no cesan, pero en cierto sentido es inútil hacer un panegírico interminable sobre Lobo como los que se ofrecen en los banquetes. Sería lastimoso construir un templete y arrojar incienso a un autor cuya vida y obra, justamente, son tan refractarias a la banalidad de los figurones. Borges hablaba de delincuentes que no habían deshonrado el patíbulo siendo ejecutados en él. Invirtiendo la broma, podemos decir que el Nobel de literatura todavía no ha sido dignificado con su concesión a António Lobo Antunes. Y que eso no importa. No hay un libro suyo que no sea más placentero y profundamente literario que un mero premio septentrional.

 

 
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