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Ulises Carrión: predicador del Arte Nuevo / Sergio Téllez-Pon PDF Imprimir E-Mail
La obra de Ulises Carrión (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1941-Ámsterdam, 1989) pasó por un proceso «natural» en la literatura: al principio aparecieron dos libros de cuentos, La muerte de Miss O y De Alemania, que llamaron la atención del mundo literario y lo convirtieron en una promesa de las letras mexicanas; después, sus demás libros fueron olvidados (no volvieron a publicarse en cuarenta años), a lo cual contribuyeron su autoexilio en Europa —donde, no obstante, continuó con su labor creativa— y su muerte prematura a causa de complicaciones del sida. Durante mucho tiempo, Carrión fue un enigma, un mito en la literatura mexicana; ahora ha empezado un ferviente rescate de sus obras y finalmente es reconocido, al grado de que un premio del Festival Mix de cine lleva su nombre, al igual que un «salón» de lecturas de un grupo de poetas.

Sin embargo, la literatura no lo complació lo suficiente. A pesar de heredar un poco de la euforia de las vanguardias literarias del siglo xx, Carrión se desmarcó pronto de ese entusiasmo, renunció a ser escritor y emprendió tareas culturales más cercanas al arte conceptual: la galería Other Books and So (obas), donde publicó la revista Ephemera, y luego Other Books and So Archive (obasa), e hizo libros de artista, performance, instalaciones —una de ellas ha quedado registrada en El robo del año (Alias, México, 2013). No fue sino hasta 2003 que en el Museo de Arte Carrillo Gil se montó la primera exposición retrospectiva de su obra, gracias a la cual muchos tuvimos el primer contacto con ella. Y, en 2007, Taller Ditoria publicó Poesías (1972), un tomo en el que Carrión toma como «modelo» diez poemas, algunos de ellos considerados clásicos de la poesía en lengua española (uno de Gonzalo de Berceo, otro de Jorge Manrique, uno más de Juan Boscán...), a cada uno de los cuales hizo seis variaciones. Dado que esas variaciones están más cercanas al arte que a la poesía visual, no sé si haya sido atinado el nombre general bajo el que fueron agrupadas, pues además, como asegura Luis Felipe Fabre, «más que poemas, los textos de Carrión son poemas dejando de serlo a medida que su autor va dejando de ser escritor para convertirse en otra cosa» (en Leyendo agujeros, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2005, p. 41). Convengamos en que no son poemas, o «son poemas dejando de serlo»: ¿entonces qué son? ¿Simples «textos»? O, como el propio Carrión los llama, ¿«estructuras en movimiento»? En todo caso, sería más atinado «desconstrucciones poéticas», como las calificó Octavio Paz en una de las cartas que intercambió con Carrión en Plural. Y esa «otra cosa» en que se convirtió el autor fue un artista multidisciplinario, un creador, con todas las implicaciones que tiene el término.

Ahora se ha publicado El arte nuevo de hacer libros, que reúne textos dispersos, conferencias y una especie de entrevista sobre el libro como objeto. En «el arte nuevo», el plagio es uno de los principales recursos para crearlo: es así como, en Poesías, un clásico soneto anónimo de la lengua española («No me mueve, mi Dios, para quererte…»), Carrión se lo adjudica a sí mismo, además de refranes, palabras del uso común ¡y hasta el abecedario!, que también firma. Con ese gesto, dice Fabre, Carrión «pone en entredicho la noción de autoría y el papel del poeta». Con respecto a los libros, su prédica no es muy distinta: mientras en «el arte viejo» los libros consisten en sucesiones de páginas idénticas, y por eso van a parar a las librerías y a las bibliotecas (a estas últimas las llama «cementerios de libros»), en «el arte nuevo» el libro es considerado una «realidad autónoma» que «puede contener cualquier lenguaje (escrito), no sólo el literario, e incluso cualquier otro sistema de signos»; además, en el «arte viejo» el escritor «siguió, al escribir su texto, únicamente las leyes secuenciales del lenguaje, que no son las leyes secuenciales del libro»; en cambio, en «el arte nuevo» la escritura «del texto es sólo el primer eslabón en la cadena que va del escritor al lector. En el arte nuevo el escritor asume la responsabilidad del proceso entero [de hacer libros]». Sin embargo, luego dice: «En el arte viejo el escritor escribe textos. En el arte nuevo el escritor hace libros». ¿No debería ser al contrario, dado que en el arte «nuevo» lo que importa es la aniquilación del libro? Esas contradicciones aparecerán más adelante, en el texto que tal vez sea el más polémico, «¡Hemos ganado! ¿No es cierto?». En él, Carrión dice que los libros desaparecerán «como resultado de una catástrofe final o victimizados por la tecnología o por un proceso de auto-aniquilación», pues, en tanto entes vivos, «es natural que crezcan, se multipliquen, cambien de color, enfermen y, eventualmente, mueran». ¿En qué quedamos: en «el arte nuevo» el escritor hace libros o predica su muerte inminente?

¿Cómo pasó Carrión de «la destrucción del texto y la literatura» (Paz) a prefigurar la destrucción del libro? El libro no morirá, como se ha augurado mil y una veces, de la misma manera que la pintura no murió con el surgimiento de la fotografía ni el cine con la aparición de los formatos caseros de video. El libro como lo conocemos ahora convivirá con sus variantes, el e-book y las tabletas,que hacen posible lecturas interactivas y lo que venga. No es que Carrión haya sido un visionario y haya previsto el surgimiento de los e-books o las tabletas, simplemente es que su radicalismo lo hizo lanzarse contra el objeto cultural por excelencia (el libro), como antes había taladrado los cimientos del llamado «género mayor» de la literatura (la poesía). Desde su visión, ya de artista (y no de escritor), Carrión predicaba: «Lo que es nuevo es la atención dada a los libros como una obra de arte autónoma». Es decir, lo que él llamaba las «obras-libro», concepto en el que «la forma del libro es intrínseca a la obra misma».

El arte nuevo de hacer libros es sólo el primer tomo de la que, dicen Juan J. Agius y Heriberto Yépez, quienes fungen como editores, será la edición completa de los trabajos de Carrión. Lo que no dicen es cómo estará organizada dicha edición, para la cual han creado la colección Archivo Carrión, ni bajo qué criterio se editará, ni qué contendrán los demás tomos y cuántos serán en total (al final viene una bibliografía —mal estructurada, por cierto—, o «catálogo razonado», como le llaman ellos, pero sin precisar si se guiarán por ella para la edición de los demás tomos).

Con un pie en la literatura y otro en las artes visuales, Carrión fue el primer escritor interdisciplinario de la literatura mexicana. De allí que a varios artistas visuales jóvenes les llame la atención cómo utilizó sus recursos para transformar la escritura, y a no pocos escritores les interese por la deconstrucción (¿o destrucción?, o ¿«(des)construcción», como la llamó Paz?) que hizo de la literatura gracias a las artes visuales. De esa manera abrió la brecha para otros autores que han incursionado en el arte conceptual, como Mario Bellatin y Ana Clavel, quienes han hecho proyectos visuales alternos a sus libros, o Myriam Moscona, cuyos últimos libros de poesía pueden considerarse piezas artísticas.

El enigma de Carrión apenas empieza a desvelarse, de manera que con los tomos venideros del Archivo Carrión los lectores tendremos Carrión para un buen rato.

 

·      El arte nuevo de hacer libros, de Ulises Carrión. Ed. de Juan J. Agius y Heriberto Yépez, trad. y pról. de Heriberto Yépez, Tumbona / Conaculta, México, 2012.

 

 

 
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