Pomeas / Leonardo Sanhueza

     Rigor mortis
     ¿Has leído aquello que dicen los libros
     de historia natural: que el puma o león o trapial
     jamás ataca al hombre, o que podría hacerlo
     pero siempre en defensa propia,
     porque es tan tímido, tan retraído en sus costumbres,
     que bastaría mostrarle un lazo o el destello de un cuchillo
     para espantarlo en fuga hacia el centro del monte?
     Pues yo te digo que todo eso es verdad,
     pero solamente con día claro, porque en la noche
     te puede pasar lo que a Petronio Sepúlveda
     y regresar a casa envuelto en un saco,
     como cuartos de animal que ya no dan filete
     sino sólo huesos pelados para la sopa del carnicero,
     o peor todavía: que nunca te encuentren,
     porque el puma cuando mata prueba sólo un bocado
     y almacena el resto de su presa entre las quilas,
     donde lo cubre con flores silvestres y hojas secas
     para que la carne al podrirse tenga mejor sabor
     que el músculo tenso, duro y amargo.
    
     Rusos
     «El miedo tiene los ojos grandes», escribió Chéjov
     a propósito del vértigo de una mujer casada
     que se asomaba a los abismos de la infidelidad.
     No por nada Chéjov es Chéjov, siempre sabe
     cuándo y cómo sublimar los sentimientos triviales
     sobre frágiles andamios de hipérboles y precisiones,
     porque hay cosas que simplemente no se podrían decir
     si no fuera mediante las banalidades de la experiencia:
     que el miedo tiene los ojos grandes, por ejemplo,
     tan grandes que nunca descansa ni parpadea,
     pero cómo decirlo en otras circunstancias
     en que el amor y el miedo han lacrado la boca,
     como cuando Wladimir Bonder y su esposa María,
     simples comerciantes judíos, huyeron de las cruces del zar
     hasta encontrar algo que parecía más seguro, aquí,
     a trece mil, catorce mil kilómetros de Kamenetz,
     con la mera esperanza de pasar sus últimos días
     sin más apremios que la podagra o el reumatismo,
     y lo único que hallaron fue una prórroga del horror,
     diez años y al fin les partieron la cabeza con un hacha
     y después con un machete en la frente los remataron
     y como si aún tuvieran fuerzas para seguir viviendo
     a María le picaron la cara con un cuchillo, el mismo
     con que a Wladimir le abrieron la boca de lado a lado,
     hasta arrancarle la quijada y arrojársela a los perros.
    
     Luciérnagas
     Relojeros, músicos, fabricantes de lámparas,
     desocupados, mercenarios, comerciantes de telas,
     incluso había un tallador de figuritas de alabastro,
     y aunque algunos sabían cultivar tulipanes,
     como también repollos azules, vides y regaliz,
     muy pronto sus tierras fueron anexadas a otras
     hasta formar enormes paños de propiedad
     que supuran su historia de mala fe y violencia.
     Unos fueron repatriados, otros dejaron sus hijuelas
     para irse a las ciudades, a los manicomios
     o a los cementerios recién inaugurados,
     pero los que quisimos perseverar en la tierra
     también fuimos muertos en vida, ahogados,
     unos por la miseria, otros por la codicia,
     todos en un solo alquitrán indiscernible
     que entraba por debajo de las puertas
     y ahora me llega al pecho y sigue subiendo
     mientras afuera vuelan las luciérnagas
     con la misma ligereza de hace unos años,
     como si entretanto nada hubiera ocurrido

 

     salvo el ir y venir de su luz efímera.

 

 

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