El miserable jardincillo discurre a modo de anuncio / Guillermo Rivera

     I. Asociatividad, registro, iniciativa, se precipitan
     de bruces por los peldaños y puertas con ojos
     de buey. Pero el diseño de las manillas metálicas
     permanece fijo. La ciudad es una especie de
     Gulliver al revés, pensarás, al verla, convertida
     en isla, con cronistas como tú, con dueñas de casa
     que huelen a lavanda y se enferman.
     Aun cuando sean espirales de humo las que se
     elevan, volverás en vísperas de navidad.
     El movimiento de la vida ordinaria es previsible
     y retórico. Así, valdría la pena preguntar cuál
     es nuestra relación con el dinero, o correr las
     cortinas para que los pulmones de los pájaros
     continúen respirando bien.
     Y aunque los visitantes de otras partes distinguen
     la voz tras el día undécimo, entre nosotros el
     abdicado hijo del virrey pasea con calma ovina,
     y no es injusto ni tiene esposa.
    
     II. Cariño, me he convertido en árbol, no más
     excesos ni gotillas cayendo por mis narices. Tal
     como digo, me arrimo a la corteza en una tibia
     carnosidad, dando las buenas noches a una verja
     de medio metro de altura, entre el aire que
     proviene de los embarcaderos y las muchas cosas
     que les falta un nombre.
                           Por lo menos eso.
     Anda, no sabrán que has cortado las hojas del
     romero, para que los mitos de tus padres
     descansen, y dando la sensación que funciona:
     el abrigo se quede nuevamente en el taxi y las
     olas lo corrijan todo. Por más vueltas que le des,
     el cara de contento se quedará con el sillón, y la
     honda desazón colectiva será el querido y sucio
     tejido de los pobres, quedándose abajo,
     llamándose abajo, hasta que se consuma.
     Sola estarás bien, la transparencia es para los
     astrónomos lo que para nosotros una cama
     nueva, y así como los niños son los médium
     perfectos, el pezón revienta de leche fresca,
     la boca sonríe y la felicidad se aligera sobre ese pelo.
     ¡Guau! Ya es hora que mi madre sea la novia de
     alguien, pero a esta ciudad no le importa, no tiene
     ganas de entrar en su vida ni en sus defectos, y
     como alguien lo bastante listo hace sonar un
     acordeón, como música de fondo, al tiempo que
     una esquina cualquiera comienza a llenarse de
     gente. Así, las calles en declive, con gladiolos y
     turistas en invierno, son vistos a través del juego
     de encontrar una recompensa con los ojos
     cerrados, mientras voluntad se sostiene
     en una mota de polvo.

 

 

 

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