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Luvina 87-88 / Irse

 

Luvina 87 - 88

 

«Hace falta la meditación sobre la pregunta, si y de qué manera puede haber patria (hogar) en esta era de civilización mundial mecanizada y uniforme » . Éstas fueron las últimas palabras escritas por Martín Heidegger, tres días antes de morir. 
Cuarenta años después, la pregunta por el habitar del ser humano no sólo es vigente sino impostergable. Pues como él mismo lo dijo en un texto anterior: «Quizás el ser humano no está siquiera en casa en su casa» . Por habitar debemos entender el transcurso que recorremos las personas desde el nacimiento hasta la muerte, y este transcurso se traduce en el modo del existir. 
     Foucault sitúa el umbral de la modernidad en el punto en el que la especie humana como simple cuerpo viviente, se convierte en el objetivo de sus estrategias políticas: la politización de la nuda vida como tal constituye el acontecimiento decisivo de la modernidad. La guerra fomentada por un Estado y dirigida contra otro Estado. Así surge entonces un enemigo abstracto que produce una gran indiferencia entre los individuos. Pero también un odio sin rostro, un odio al vecino desconocido, a quien está del otro lado de la frontera, al forastero. Sin embargo, dentro de este orden bipolar del mundo, las guerras civiles se han desatado pero ya sin la existencia de bandos con ideas contrarias como antaño, ahora en una especie de metástasis (como lo llama Enzensberger) son ciudadanos comunes y corrientes que de la noche a la mañana se convierten en incendiarios, locos homicidas y asesinos en serie. Criminales autistas que no saben distinguir entre destrucción y autodestrucción. 
     Esta época —de tecnología y progreso— se caracteriza por la devastación humana. En esta actualidad de refugiados y barbarie social ha sido inminente huir, migrar. Buscar hogar más allá de las fronteras. No obstante, el exilio más radical es el del lenguaje. Razón por la cual este número de Luvina aborda el tema crucial de este periodo histórico: la migración. Cambiar de casa, de patria. Irse. 
     La errancia de una lengua a otra implica una adaptación abrupta, brutal. Por eso, el escritor es el símbolo cabal de esta época de migrantes por el planeta entero. Las palabras son una especie de tatuajes anímicos (Peter Sloterdijk) y marcan a fuego nuestras imágenes fundamentales; son nuestros enlaces sensibles, canales existenciales. No obstante, mientras muchos migrantes se aferran desesperadamente a la lengua materna o se hunden en el silencio, el escritor logra construirse una casa de palabras. El lenguaje humano le brinda las posibilidades de su naturaleza multilingüe, interlingüística, internándolo en la coexistencia de diferentes visiones del mundo generadas en las corrientes profundas de cada lengua. 
     Luvina muestra en este número el prodigio de la ficción que logra traspasar las fronteras de las lenguas hasta abismarse en los umbrales de nuevas sintaxis —confesiones simbólicas de personas sin domicilio en el lenguaje en que se ven forzadas a escribir— y transmutar el dolor humano en creación de formas nuevas. Y sugiere (como lo apunta Steiner) que la literatura contemporánea puede ser considerada como una estrategia de exilio permanente.

 




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