Criatura / Juan Sebastián Cárdenas

Paso frente a la tienda de animales y me detengo a mirar. Los gatos duermen amontonados en el interior de un cubículo de cristal. Un perrito negro retoza entre sus excrementos y ladra pero a duras penas puedo oírlo a través del vidrio. Hay una pareja de erizos. Uno de ellos duerme. El otro bebe agua de un modo que me hace pensar en la resignación de los santos. Lo que más me atrae son los ratones. Están, al igual que los otros animales, dentro de una cabina de cristal, sólo que son demasiados. Creo que hay unos quince, quizá veinte. Se mueven a una velocidad que me impide ser exacto en el censo. El hacinamiento los enloquece. De pronto me llama la atención uno que deja de correr y se refugia en la esquina de la cabina. Respira agitado. Los demás no paran de moverse, de chocar o de intentar escalar la pared de cristal. El que ha decidido detenerse no parece interesado en lo que hace el resto. En un principio le atribuyo cierto aire reflexivo e incluso llego a creer que ironiza en secreto sobre su situación, pero pronto descubro que sólo quiere tomar un descanso. Antes de que regrese a su rutina saco mi cámara y le tomo una foto.

Una vez me enamoré de una mujer. Me costó mucho conquistarla pero finalmente lo conseguí. Tuve que recurrir a muchas tácticas e invertí una buena cantidad de dinero en regalos. Incluso le compré unos pendientes de oro con forma de gato. Ella adoraba a los gatos. De hecho tenía un gato. Nos amamos durante varias semanas hasta que el amor se consumió. Un día su gato estaba jugando en la sala y nosotros, que nos habíamos quedado en silencio después de tomar el café, seguíamos atentamente sus movimientos. El gato perseguía una mosca. Una mosca gorda y zumbona. Tras unos amenos minutos de persecución, el gato logró derribarla con un certero zarpazo. Pero el animal no se comió a la presa sino que corrió espantado a esconderse. Me extrañó. Cuando fuimos a ver, descubrimos que la mosca había estallado. Literalmente había estallado. También vimos unas larvas diminutas que se retorcían entre los restos de la explosión. La foto permite apreciar todos esos detalles.

Le tomo varias fotos a mi madre mientras cenamos en el restaurante. El restaurante es en realidad una marisquería situada en un pasaje subterráneo donde además funciona un parqueadero. Mi madre sonríe coqueta con cada disparo. Yo le enseño el resultado en la pantalla y ella decide cuáles debo borrar. Mi madre está vieja y arrugada pero sigue siendo muy vanidosa. Luego pedimos la carta. Ella dice tener un hambre canina. Ordena langosta y yo cangrejo. Comemos. Bebemos. Más fotos. La cerveza me hace tener muchas ganas de orinar. Me disculpo con mi madre y me levanto. Cuando pregunto dónde está el baño me dicen que tendré que usar el del parqueadero, ya que el del restaurante se encuentra temporalmente fuera de servicio. Cuando entro al parqueadero trato de recordar las indicaciones de los camareros pero mi sentido de la orientación es pésimo. Allí no se oye más que el zumbido de los neones. Bajo por unas escaleras. Recorro un lote enorme lleno de carros parqueados y nada que doy con el baño. Bajo otro tramo de escaleras. Recorro otro lote, éste último vacío, sin un solo carro. Bajo otro tramo de escaleras y llego a la planta inferior, situada a varios metros por debajo del nivel del suelo. Estoy perdido. Miro a mi alrededor y, como no hay nadie, orino en un rincón. Poco después, ya aliviado, intento hallar el camino de regreso pero sólo encuentro una gran puerta metálica de color azul al final de una extensa hilera de plazas vacías. Cruzo el umbral. Adentro hay decenas de acuarios llenos de langostas y cangrejos. Todos tienen las pinzas atadas con cintas plásticas para evitar heridas que echarían a perder la carne. Permanecen inmóviles. Son impasibles. Detesto las pinceladas de sarcasmo gratuito, mejor este silencio. Apuntar con la cámara y disparar. Eso es todo.

No tengo muchos amigos. No me duran. No soportan mi cámara. Hace tiempo tuve un amigo al que le gustaban las películas. Pero no las películas en el cine sino en su casa. Tenía muchas películas bajadas de internet. Quedábamos dos veces por semana. A duras penas conversábamos de nada. Simplemente nos sentábamos en el sofá, comiendo papitas, viendo sus películas en silencio. Ya no recuerdo ninguna película entera. Sólo partes sueltas, trocitos. Recuerdo, por ejemplo, una vieja imagen en blanco y negro de unos científicos que caminan por un laboratorio. Los científicos se preparan para lo que parece un gran momento en la historia de la ciencia. A continuación vemos cómo unas máquinas eléctricas hacen funcionar un corazón de perro que palpita milagrosamente en el aire. Luego aparece una cabeza de perro sobre una mesa de disección. Una cabeza sin cuerpo. Los científicos conectan sus máquinas a la cabeza de perro y en pocos segundos los ojos se abren, la boca también, la cabeza intenta respirar, hay amagues de jadeos. Los científicos pinchan la piel con una aguja para comprobar si tiene reflejos nerviosos y la cabeza de perro reacciona de inmediato. Las pupilas también responden. La cabeza de perro entrecierra los párpados cuando una enfermera apunta a sus ojos con la potente luz de un reflector.

De un tiempo para acá siempre sueño con animales o con cosas que tienen que ver con animales.

Soñé que era un órgano separado de un cuerpo más grande. Los médicos me daban la mala noticia y cada vez que yo decía estar seguro de constituir un organismo completo ellos me trataban con indulgencia. A mí me daba rabia e intentaba atacarlos, pero me dolía todo el cuerpo. No me podía mover. Entonces sospechaba que los médicos tenían razón, que lo que yo experimentaba como un cuerpo entero no era más que un órgano amputado. Además me habían conectado a una máquina sin la cual, me informaron, moriría irremediablemente. Resignado a mi suerte y aprovechando que los médicos salían de mi habitación, me recostaba plácidamente en la cama y me ponía a leer una novela de espías. Pronto algo interrumpía mi lectura. Unos golpes en la ventana. Se trataba de un ser que tenía cuerpo de persona y cabeza de perro. El ser accedía a la habitación después de trepar hábilmente por la ventana entreabierta. Yo temblaba de miedo y entretanto la máquina a la que estaba conectado producía ruidos estomacales y parecía estar a punto de romperse. Incluso despedía un nauseabundo olor a cables quemados. El ser se sentaba en el borde de la cama y me estudiaba con sus ojos de perro. No obstante, en un intento de adelantarme a cualquier ataque, yo desenfundaba rápidamente mi cámara y le disparaba varias fotos con el flash. Mi defensa surtía efecto y el ser, encandilado, se marchaba rápidamente por la ventana. En pocos segundos la máquina volvía a funcionar con normalidad y yo continuaba leyendo mi novela de espías, albergando en todo momento la esperanza de que apareciera un cuerpo que quisiera recibirme como su órgano.
Hay luna llena, así que no hay riesgo de caerse. El bosque huele a hierbas podridas, a limo, a agua fresca que corre entre tinieblas, a bruja mala, a plumas de pájaro.
He aquí el experimento: instalar la cámara sobre el trípode, justo aquí, entre los árboles y dejar abierto el diafragma durante un buen rato para que todas estas sombras quemen el negativo poco a poco. Esperar en silencio. Esperar.

Al día siguiente descubres que algo se ha movido delante del objetivo. Siempre hay algo que se mueve delante del objetivo.

Líquido de revelado. Líquido amniótico. El feto se retuerce.

Mi madre está borracha y canta una canción delante de los invitados a su fiesta de cumpleaños. Todos se aburren pero siguen el ritmo de la música con las palmas. «Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla». Cuando termina de cantar, mi madre baja de la tarima y regresa a sentarse junto a mí. Me pregunta si le saqué fotos mientras cantaba y yo le digo que sí, que claro, aunque no es cierto. La verdad es que yo también estaba aplaudiendo de modo automático.

Paso frente a la tienda de animales y me detengo a mirar. Ahí están los de siempre. El perrito negro, los gatos, los erizos y los ratones. No es algo premeditado. Entro a la tienda y compro cinco ratones, además del alimento especial y una jaula grande que incluye una rueda giratoria. Es tarde. No puedo dormir, pero me reconforta ver que al menos los animales están más sosegados. Ahora que gozan de un poco más de espacio dedican la mayor parte de su tiempo a acicalarse y ya no corren como locos. En todo caso dos de ellos son especialmente obsesivos con la rueda giratoria. Igual parecen felices. Intento concentrarme en sus movimientos. Les tomo algunas fotos. Más y más fotos. Sin embargo, las fotos no bastan y me siento algo frustrado. En realidad me gustaría sacarlos de la jaula y tocarlos, pero no me atrevo. Mentiría si dijera que no me producen algo de repulsión. Aun así, me gustaría mucho sacarlos de la jaula y tocarlos. Me da asco y también me da miedo que me muerdan los dedos. El teléfono no para de sonar pero yo no contesto. Seguramente será mi madre, para disculparse por su comportamiento de la otra noche. Fotos. Fotos. Más fotos.