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Diosas / Luis Jorge Boone PDF Imprimir E-Mail
para Bernardo Esquinca

 

Ahora que ha muerto, no me propongo juzgar a Tadeuz Balthazar. Como todos los hombres, tuvo ciertas perversiones; como todos, vivió su propia forma de violencia; como todos, fue devoto de la belleza; y, también como todos, reclamó su ración de sangre y carne. Pero, como muy pocos, todo esto lo hizo al mismo tiempo.
    La desaparición de la viuda Balthazar, la señora Helkia, me ha dejado sin la fuente más directa de información de la que he dispuesto a lo largo de mis investigaciones. Si bien reconozco que su testimonio no podía calificarse de confiable, me es imposible pensar en ella como un personaje secundario en este particular. Conocía su don: era perfecta. Nadie ha entrado ni salido de su departamento en las últimas dos semanas. La luz nunca se enciende. Debo conformarme con imaginarla huyendo deprisa, una noche de despedidas o de encuentros.
    Muchas otras mujeres hablaron. El tono de sus relatos se debatía entre la pena y la complacencia. Al hablar de sí mismas en pasado, usaban la tercera persona. Como si las jorobas, la gordura inabarcable, el profuso vello corporal, la constitución famélica de los esqueletos andantes, las facciones enormes o apenas insinuadas —ridículas líneas que no podían llamarse boca u ojos—, las deformaciones de nacimiento o producidas en accidentes violentos, no tuvieran ya nada que ver con ellas. Como si hablaran de un libro que han cerrado y nunca más piensan abrir. Sobra decir que, mientras las interrogaba y comparaba con las fotografías de los expedientes, tenía problemas para establecer identidades. Eran un ejército de barbies, decenas de rubias perfectas encarnando un ideal de hermosura, talladas con el filo de un punzón ardiente: el que labra las más exigentes fantasías sexuales.
    Cuando mis notas habían saturado inútilmente dos libretas y empezaban a formarse patrones absurdos, llevaba tres días de interpelaciones sucesivas y me dije que era suficiente: todo coincidía. Estaban convencidas de que ese hombre había salvado sus vidas, sacándolas del pozo de la ignominia y elevándolas al pedestal de la admiración social y del éxito.
    Me costaba imaginar que habían sido criaturas horrendas. Adivinaron mis pensamientos. Sólo Balthazar, me dijeron, solía prodigarles mayores afectos y caricias cuando recién se ponían en sus manos. Después —y la mirada se les ensombrecía levemente al decirlo, aunque afirmaban que en su tiempo habían entendido el gesto— se volvía un poco frío, y las miraba como un glotón mira un plato vacío, igual que un cazador que descubre desconcertado que ha dejado un bosque hundido en el silencio para siempre. Lo cierto es que, como en el resto de las investigaciones que se mueven alrededor de la obra del doctor Tadeuz Balthazar, no tuve acceso a testimonio alguno de sus últimas pacientes. Sin duda, los enigmáticos ases con que pensaba justificar una vida de trabajo.

«Dudo legítimamente que un oficinista pueda amar su trabajo: de niño nadie sueña con contestar teléfonos, archivar memorandos al ritmo patológico que se producen, asistir a juntas y echarse la culpa de los errores de su jefe. Pero hay oficios —mejor: destinos— a los que imagino imposible llegar a menos que se ame lo que éstos entrañan. Aunque sea de una forma torcida. Todo policía es un terrorista disfrazado; todo abogado lleva dentro un anarquista esperando saltarse la ley; todo deportista es una bestia salvaje que busca enterrar su raciocinio. Entre los pliegues del cerebro de todo Cirujano se oculta una vena de locura: sólo un perturbado puede dedicar sus horas más laboriosas a rasgarle a un ser humano la piel y las entrañas.
    »Cuento estas cosas para exorcizar de mi trabajo cualquier halo santificador. Los motivos de la mente —aun de las más brillantes y lúcidas— son oscuros.
    »Me muevo entre los márgenes de una Ciencia poco explorada. Es lógico que cometa excesos. No son una prueba de mis apetencias, sino de los errores que la Humanidad ha cometido a lo largo de su existencia en la búsqueda de conocimiento.
    »Solía pensar, como todos, que sólo ciertas mujeres estaban destinadas a ser admiradas por su belleza. Ahora entiendo que tal hecho es una aberración de Dios. Que Él nos ha permitido atisbar a lo largo de los siglos en sueños y mitos —un mito no es sino un sueño colectivo que se presenta en la vigilia— el verdadero rostro de la Perfección. Mis primeros trabajos fueron guiados por banales medidas, por estándares comerciales. No me arrepiento: la adolescencia es una etapa de carencias que se cura con el tiempo y que toda gran carrera debe superar, dejando de lado sueños románticos, y arrojándose a los abismos a los que su propia búsqueda impulsa. Sin importar si debe transgredir un transitorio, relativo “bien común”. Las puertas prohibidas habrán de convertirse, a base de violar nuestros propios prejuicios, en el sendero que habrán de caminar las generaciones por venir.
    »Algunas pacientes han muerto en la plancha por la agresividad de las intervenciones. Otras sufrieron ataques de ansiedad tan profundos que derivaron en depresiones con tendencias autodestructivas o paranoia. Lo más triste fue deshacerme de los cuerpos. Enterrar en lugares ocultos un objeto científico que debería exhibirse como prueba del conocimiento del hombre. Estudiarse. Quizá algún arqueólogo del futuro encuentre los restos y alucine la existencia de una antigua y desconocida raza de seres formidables.
    »Me ha asaltado la duda de si las psicosis serán una característica inmanente a la nueva estructura fisiológica que busco producir.     ¿Estaremos destinados, por mediación de la evolución dirigida, a ser una raza magnífica de suicidas y locos?».

La señora Helkia casi nunca respondía de forma directa a mis preguntas. Creo que, si revisara mis libretas, podría confirmar que en realidad nunca dio respuesta satisfactoria a una sola.
    Pero me admiraba la manera como idolatraba a su marido. Su estoicismo al referirme que cada nueva paciente se convertía sin excepción en la amante de Balthazar. El amor en sus ojos al confesarme que cada vez lo había perdonado. Era un gran hombre, aclaró, como si hiciera falta verbalizar lo que sus ojos gritaban al mundo.
    Después de las entrevistas yo disecaba mis horas pensando en qué tantas operaciones había requerido la señora Helkia para ser la belleza que era. ¿De qué pozo de repugnancia provenía para deber tanta lealtad?
A mis dudas sobre su vida como soltera contestó narrándome cómo el niño Tadeuz había reunido una colección de mariposas con más de cien especímenes, los cuales atravesaba con alfileres sobre las paredes de su habitación a la edad de nueve años. A los diez, sus padres le prohibieron continuar con su pasatiempo, justamente el día que encontraron empaladas sobre su pequeña cama a dos palomas pequeñas.
    Cuando le pregunté sobre las credenciales médicas de su esposo
    —cuyo proceso de autentificación demoraba ya casi seis meses, debido a lo intricando de las fechas y a lo distante de las universidades donde solía declarar haber estudiado, a la multiplicidad de ramas de la medicina que le interesaban, a las habilidades que deseaba dominar—, me refirió un episodio de la adolescencia de Tadeuz, cuando su padre lo obligaba —para ayudarlo a madurar— a tomar distintos trabajos después de clases. Del único que no desertó fue del que tuvo cuando los fines de semana ayudaba a un hermano de su madre en la granja que éste administraba, a media hora de la ciudad. Nadie en su casa se enteró —hasta meses después— de que Tadeuz había pedido ayudar en el sacrificio de cerdos.
    Otra vez, sin que viniera a cuento —mi grabadora llevaba apagada un rato—, me habló sobre un juego sexual que tenía con Balthazar. Solían escarificarse antes del coito. O, más bien, él solía producirle a ella heridas superficiales con una navaja. La única vez que Helkia propuso cambiar papeles, Tadeuz se puso como loco y la golpeó. «No muy fuerte», me dijo, «lo necesario para que entendiera que no debía volver a hacerlo». Tadeuz le confesó que él nunca había visto su propia sangre. No sabía, me contó ella, qué podría sucederle si alguna vez recibía un tajo. Para el inminente cirujano, la integridad de su cuerpo, la continuidad de su piel, eran sagradas.

Las autoridades calificaron el hallazgo de distintas formas. Todas poco serias y nulamente científicas. La ausencia de cuerpos en los restos del sótano de la avenida Larrea, arrasado por un incendio, acaparó las atenciones de las instituciones de seguridad y multiplicó absurdos operativos que buscaban redes de trata de blancas en prostíbulos y hospitales clandestinos, opacando la importancia de un descubrimiento alucinante. Nada había más importante que la labor de recuperación de los registros del doctor. Lástima que sólo se dieron cuenta de ello días después de que desaparecieron de manos de la custodia policiaca. Casi todo se había vuelto cenizas. Incluido el mismo Tadeuz Balthazar. Pero un par de cajas archivadoras se salvaron en parte de las llamas.
    Los medios sacaron todo de contexto. No sólo fueron los acostumbrados bocetos y las frases canallescas con que pretenden ilustrar lo macabro, sino que se colaron fotografías, cintas con los apuntes del cirujano grabadas durante las intervenciones, fotocopias de expedientes; salieron a la luz desligados de su trama experimental, revelándose por obra y gracia del sensacionalismo como las instantáneas de una mente torcida, de un carnaval de monstruos y agónicas aberraciones fisiológicas, de un matadero donde se violaban las más elementales líneas de acatamiento hacia la creación divina y de respeto hacia la naturaleza humana.
    Pero a todo caos debe sobreponerse la sensatez. Va siendo hora de reivindicar a Tadeuz Balthazar como el gran cirujano que fue, y no como el loco adicto a practicar cirugías innecesarias y crueles en mujeres que no sobrevivían mucho tiempo en las condiciones precarias y atroces en las que las sumían sus «caprichosos experimentos». Va siendo hora de poner en perspectiva el sufrimiento de algunos individuos ascendidos de carroña humana a dignos sujetos de experimentación. Estas mujeres —según dicen algunos, inmigrantes ilegales, huérfanas y drogadictas, vagabundas— son ahora próceres anónimas y, en todo caso, han dejado la baja escala social en la que se arrastraban para inmolarse en aras de un bien más alto.
    Por otro lado, es mentira que hubieran tenido lugar secuestros para abastecer de individuos los procedimientos. El doctor seleccionaba a sus pacientes de acuerdo con sus carencias, con el grado de dificultad que entrañaban.
    En una de las libretas, con una apretada caligrafía, el médico señala: «El juramento me parece un enorme estorbo. He tenido relaciones sistemáticamente con cada mujer a la que he intervenido, antes y después de cada Cirugía, y sólo en contadas —pero siempre necesarias— ocasiones durante los procesos de reconstrucción y recuperación. Sostengo que el impulso erótico es indivisible de la Práctica Quirúrgica. ¿Cómo rasgar un Seno con el fin de moldearlo, sin haber sentido antes su realidad más auténtica, sin haber paladeado el latido más hondo de su Carne? ¿Cómo distinguir el camino a la floración del Cuerpo que debe marcar el filo del Escalpelo, los golpes del Martillo quebrando el Hueso, para renacer a una estancia superior, a una organización más elevada de la Carne, sin ahondarse antes en la deformidad, en la imperfección? ¿Cómo buscar la forma perfecta si uno no está dispuesto a mancharse de Sangre? ¿De la Sangre del Otro? Debe uno perderse en ese laberinto, en esa casa de espejos que son la repulsión y el Deseo, hasta que ambos se confunden en un sentimiento superior. La relación del Cirujano con el paciente se parece a la del Asesino con su víctima. Las amé. Mi corazón pronto buscó nuevas musas. Me sorprende pensar que una misma materia ha cifrado mi Némesis y mi salvación. Pero he de ir más allá. He de borrar límites entre el cielo y la tierra. Entre la imaginación de los hombres y su realidad».
    No es labor de legos juzgar a la mente eminente. ¿Qué gran compositor no interpretó sus propias sonatas la primera vez? ¿Qué gran científico no somete a sucesivas pruebas su más elevada teoría?

«...una de las patologías tras este fenómeno de nuestro siglo es la dismorfofobia, psicosis que consiste en el rechazo hacia partes del cuerpo que se perciben poco agraciadas [...] otro tipo de adicción al quirófano surge al considerar la apariencia como el centro de la vida, se establece una relación de idolatría [...] El único objetivo del sujeto es conseguir belleza y perfección [...] la presión de la sociedad que pondera la apariencia física. Ciertas personalidades inmaduras con tendencia neurótica son propensas a desarrollar pretensiones exageradas o poco realistas [...] nunca estarán conformes con su apariencia y no alcanzarán la felicidad que atribuyen a la belleza [...] Trastorno Dismorfofóbico Corporal en Espejo. Variante de la psicosis que orienta la disconformidad hacia los demás [...]     No tolerar la fealdad en los demás, sentir un ansia total por desaparecerla [...] Casos de sujetos que han realizado extirpaciones con cuchillos de cocina, que han desfigurado a sus víctimas [...] compulsión violenta que busca el sometimiento ajeno».
    Tal fue el veredicto de mentes pequeñas. De cómodos moralistas. Yo entiendo que los caminos de Dios, de tan extraños, semejan a veces bizarros desfiladeros.

La introducción a la opinión pública del trabajo del doctor Balthazar no fue la mejor. Yo aún confío en que mentes despiertas sabrán reconocer, detrás del sensacionalismo y la oportunidad del escándalo, el verdadero postulado que motivó el trabajo de este prominente hombre de ciencia. Uno de los periódicos —no el mejor— logró filtrar ciertos documentos y enriquecer con ellos su investigación tan parcial. Fue el primer vistazo que un mundo azorado dirigió dentro de la mente del doctor:

    Si bien no se ha logrado recuperar ningún cuerpo, los documentos gráficos no dejan lugar a dudas. Especialistas hablan de una inquietante semejanza con las intenciones de ciertas prácticas de los científicos nazis. Se describe a continuación el contenido de algunos de estos documentos que han podido recuperarse, junto a lo escrito en las etiquetas que los acompañaban:

    1. Sekhmet. «La terrible». Símbolo de la fuerza y la ira. Diosa de la venganza. Cabeza de leona. Amputación del puente nasal. Alargamiento de los maxilares. Adelgazamiento de los ojos. Cultivo profuso de suave vello facial. Adecuación superficial de los rasgos. Sustitución de dentadura por la de un carnívoro. Ablación de orejas; prótesis en los costados del hueso frontal. Extirpación de uñas; prótesis de garras. La imagen está tomada desde el ojo de buey de una puerta metálica. Los reflejos en el vidrio hacen perder la visión constantemente. Gritos. Golpes y zarpazos sobre una pared acojinada. La mujer siempre de espaldas. Se cubre el rostro con las manos. Gritos. Desaparece del campo de visión de la cámara. Antes de que la grabación se interrumpa, dos hileras de dientes afilados se abren contra la ventana.

    2. Hathor. «Templo de Horus». Fotografía. Cuernos de vaca implantados en la parte superior del hueso frontal.

    3. Coyolxahuqui. «La que se pinta el rostro con figuras de cascabeles». «La desmembrada». Una cama cubierta por una sábana blanca. La sábana es retirada. La cabeza, el tronco y las extremidades de una mujer están esparcidas sobre la cama. Zoom in sobre una mano: un dedo se mueve. Zoom out: tubos y electrodos mantienen comunicadas a la distancia las partes del cuerpo. La mujer está con vida. En toda su cara, tatuajes simulando cascabeles.

    4. Coatlicue. Diosa de la tierra y la fertilidad, en diversas representaciones encarna la dualidad vida-muerte, pensando en la descomposición y degradación que hace de la tierra fértil en primer lugar. Tonantzin: nuestra (to-) madre (nãn-) venerada (-tzin). Dos fotografías rotuladas con el mismo número de caso clínico. La primera: perfil derecho de una mujer morena. La segunda: perfil izquierdo de una calavera descarnada.

    5. Sin etiqueta. La imagen es borrosa. Luego se enfoca en la boca de una joven de tez trigueña. La cámara asciende. Sus rasgos parecen normales. La cámara continúa ascendiendo. Un párpado cerrado en medio de su frente. Cuando abre, un ojo se mueve con desesperación sobre su órbita.

    6. Sin etiqueta. Alas se arrastran por un piso sucio. Plumas blancas. Una mujer desnuda de espaldas. Se levanta. Mastectomía radical. Los labios vaginales han desaparecido, sellados con sutura quirúrgica.

    7. Sin etiqueta. Fotografía de una mujer a la que se le han implantado en el abdomen y el área del plexo cerca de —no se aprecia el cuerpo completo en la imagen— nueve pechos.

    Los nombres de Nut («La del vientre estrellado») y Tueris («La grande», eternamente embarazada, cabeza de hipopótamo, patas de león, cola de cocodrilo), por ejemplo, alcanzan a leerse en etiquetas semicarbonizadas cuyo documento original fue destruido por el fuego. ¿Estas flechas apuntan los derroteros futuros del doctor Balthazar? Cada vez los diseños eran más complejos. Cada vez era menos probable que las pacientes sobrevivieran durante periodos largos de tiempo.

En La fábrica del cuerpo, su libro sobre la historia de la anatomía, el médico y ensayista Francisco González Crussí relata cómo los griegos Herófilo (335-280 a.C.) y Erasístrato (325-250 a.C.) hicieron avanzar considerablemente la ciencia anatómica con sus contribuciones. La vivisección —es decir, la disección de cuerpos vivos de seres humanos— fue la causa del rechazo que recibieron en su época, pero también se trata del método que les permitió extender las fronteras del conocimiento. González Crussí refleja esta ambivalencia al reflexionar: «No se sabe cómo referirse a su memoria: ¿se trató de sabios que incurrieron en la crueldad impelidos por su invencible deseo de adquirir conocimiento y beneficiar a la humanidad? ¿O fueron quizá sanguinarios carniceros que justificaban su sevicia con el falso pretexto de perseguir un fin altruista y noble?». Luego, hacia el final de su erudita y amena disertación, el doctor aventura: «Esto nos pone frente a una vieja pregunta, a saber, si está justificado poner barreras al artista, si es o no apropiado señalar límites que ningún ser humano puede transgredir. ¿Puede un artista contravenir costumbres ancestrales, so pretexto de que la búsqueda de la belleza lo ha derivado por derroteros insólitos? Si exceptuamos a los científicos del respeto a los seres humanos porque buscan el beneficio concreto y material de todos nosotros, ¿no podrán solicitar la misma excepción los artistas, cuyo trabajo también beneficia a la comunidad, en el no menos importante plano moral y espiritual?».
    En la antigüedad, cuando la práctica de las artes y las ciencias era indisoluble —la raíz común de ambas palabras era evidente, un mismo vocablo griego: technos—, al hombre de ciencia y al artista los unía un lenguaje común, la metafísica, y una misma cualidad espiritual: la búsqueda de la verdad, cuya advocación material es la belleza. Al mirar hacia atrás deberíamos contemplar como un paraíso perdido esa época donde el raciocinio y la manía podían complementarse en la búsqueda de fines trascendentales.
    Cometeré la imprudencia de hacer un comentario al margen: me parece una pena que ciertos estudiosos distraídos confundan ciertas aportaciones de Herófilo con las de su colega más joven Erasístrato. Un abismo separa al visionario del peón. El genio ilimitado y la simple pericia no pueden cohabitar. Nadie puede sentirse el legatario verídico de la sabiduría balthazariana. Con los eventos que han tenido lugar en los últimos meses, habrá, ésos sí, humildes eslabones en esta cadena preeminente. No tengo ya en mi poder las dos cajas con su contenido. Como siempre sucede, costó poco corromper la estructura que resguarda nuestra justicia. Luego, los representantes de ciertas compañías farmacéuticas transnacionales me convencieron de donarles estos papeles para sus fines de investigación y desarrollo. El Primer Congreso de Cirugía Recreativa y Métodos de Neoconstrucción Biológica anunciado para el siguiente verano dará mucho de qué hablar. De sus mesas de trabajo se desprenderán otros acercamientos al trabajo de Balthazar.     Nuevas mentes, más abiertas y prevenidas, sabrán darle otro enfoque a una obra que no ha encontrado aún sus interlocutores más sagaces. Ahora sólo es cuestión de tiempo. Los nuevos procedimientos quirúrgicos, los nuevos usos para viejos fármacos y las nuevas sustancias requeridas para el éxito de las intervenciones —no está de más decirlo: las ganancias que de estos productos y servicios se desprenderán— son el principal acicate para que las transnacionales y las agrupaciones médicas no cejen hasta modificar la percepción actual. El mercado actuando a favor del progreso.
    Saqué una copia de todo, y con ese material puedo continuar mi labor. A veces sus pensamientos son difíciles de comprender; a veces dudo si seguir leyendo, pero ¿qué mortal no se arredra ante las visiones del profeta? Las estadísticas indican que cada nuevo proyecto necesitaba mayor número de intervenciones. También, que Balthazar era un perfeccionista. Alrededor del 67 por ciento de las operaciones eran de primera intención; el 22 por ciento para corregir resultados fallidos, y un 11 por ciento no parece tener justificación. ¿Abrir la carne durante horas sólo para maravillarse del deslizamiento del bisturí sobre las formas frágiles de las entrañas? ¿Mirar los fluidos desbordarse hasta rebasar los límites de sus torrentes y mancharnos? No lo sé. ¿Quién puede juzgar cuál es el momento en que el genio queda satisfecho consigo mismo? Este primer escrito está destinado a abrir una de las sesiones de trabajo del congreso próximo; sólo me queda esperar la respuesta del comité organizador, que deberá llegar la semana entrante.    Cada quien tendrá, entonces, el lugar que le corresponde. Dentro de no mucho tiempo el mundo conocerá el nuevo rostro, el nuevo cuerpo de la belleza, su advocación más imperecedera: entes divinos, hermosos y terribles, que caminarán entre nosotros.

 

 

 
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