Un abogado kafkiano / Mario Szichman

Una nueva demostración de
que medidas inadecuadas,
inclusive infantiles, ayudan a redimir
a una persona del peligro.
Franz Kafka, «El silencio de las sirenas»

Sin hacer alarde alguno, nos cuenta Franz Kafka, Sancho Panza decidió proporcionar a su demonio, al que luego bautizó como Don Quijote, una gran cantidad de novelas de caballería.
    Y con tanto éxito distrajo Sancho Panza a su demonio que éste se lanzó a toda clase de locas aventuras. Pero «como el demonio carecía de un objeto previamente dictaminado, que hubiera sido el propio Sancho Panza, no causó daño a nadie. Como hombre libre, y con cierto espíritu filosófico, Sancho Panza siguió a su demonio, Don Quijote, en todas sus cruzadas, y tuvo como resultado una diversión grande y edificante hasta el fin de sus días».
Propongo esta vuelta de tuerca: sin hacer alarde alguno, el abogado Franz Kafka, un alto funcionario del Instituto de Compensación de Accidentes de Trabajo para el reino de Bohemia, en Praga, comenzó a nutrir a su demonio con informes burocráticos. El demonio fue bautizado Franz Kafka, un nombre fácil de recordar. Y el abogado Franz Kafka distrajo con tanto éxito a su demonio que éste comenzó a creerse un poeta, o, como él mismo le informó a su albacea Max Brod, un Schriftstellersein (según la traducción, no se trata de un escritor, sino de alguien que se halla en el proceso de ser escritor).
    En el libro Franz Kafka. The Office Writings se esboza la tesis de que, lejos de desdeñar y odiar sus tareas profesionales, Kafka se nutrió de ellas. Y aún más, las usó para alimentar a su demonio. Sin esas labores, tal vez hubiera existido Franz Kafka el escritor, pero no existiría el Kafka que conocemos, ni el término «kafkiano». El autor de La metamorfosis no parece haber sido un escritor atormentado, sino el amanuense de un importante funcionario de una aseguradora de Praga. La compilación de estos trabajos de oficina —disertaciones, petitorios, reportes— es en sí misma kafkiana porque la burocracia moderna es kafkiana. Un artículo del abogado Franz Kafka titulado «Medidas para evitar accidentes de trabajo en máquinas de aserrar madera» fue aprovechado por el escritor Franz Kafka para redactar uno de sus mejores relatos: «En la colonia penitenciaria». El estilo impersonal que muestra el escritor en sus mejores creaciones es una transcripción exacta de sus textos burocráticos. «El Instituto presenta con todo respeto las siguientes conjeturas sobre las actividades delineadas en el informe del año pasado en relación a la introducción de ejes de seguridad cilíndricos y con respecto al equipamiento de ejes cuadrados con solapas metálicas en máquinas aserradoras de madera», dice el primer párrafo del texto. ¿Cuántas de esas introducciones formales no preceden a cuentos como «La construcción de la Muralla China», o el «Informe para una academia», o «Un artista del hambre »?
    Revisando esos trabajos que Franz Kafka escribió en sus horas de oficina, aflora de inmediato la veta kafkiana. Cualquiera de ellos, con apenas una breve edición, parecen escritos no por el abogado Kafka, sino por su demonio. Y como el genio parece ser la concreción acabada de muchas faenas que se quedan a medio camino, podemos presumir que Kafka no fue el único que usó ese estilo kafkiano, sino quien logró darle una mejor confección. Borges no estaba descaminado al decir que Kafka había engendrado textos previos, y que sólo su aparición en la literatura checa había legalizado esos precedentes.

El miedo a la página en blanco
¿Por qué Kafka usó esa estrategia? ¿Pensaba que el acto creador consiste en convertirse en amanuense de textos ajenos?             ¿Cuál es una de las preocupaciones principales de un escritor? Voy a aventurar una hipótesis: un escritor sólo se siente a salvo cruzando el umbral de aquello que supone que es realmente literario. Pero nadie sabe exactamente cuándo un texto ha cruzado el umbral. Kafka, que puso a tantos protagonistas al borde del umbral, pensó en una solución ingeniosa: negó toda su vida ser un escritor, y se limitó a ser un funcionario en proceso de convertirse en escritor. Y el subterfugio funcionó. Hasta el día de hoy ignoramos si la ironía de Kafka era realmente ironía. Tal vez le atribuimos una ironía que nunca figuró en sus planes. Tal vez sus textos, que a veces resultan muy cómicos, son en realidad solemnes tratados que intentan hacer cumplir la ley, o alguna disposición burocrática. Y, como se sabe, toda ley tiene un fondo de comicidad, pues intenta imponer restricciones a veces imposibles de cumplir a un cuerpo animado por tantas pasiones.
    Así como algunos escritores de temas fantásticos son los realistas de las cosas inexistentes, Kafka es apenas un costumbrista de la burocracia. Ya Gogol, en su novela Las almas muertas, o en los cuentos de El capote, o en La nariz, mostró las infinitas posibilidades del grotesco en un simple empleado ministerial. Y es muy difícil encontrar un texto más desopilante que «La construcción de la Muralla China». Toda la planificación de la muralla es una gigantesca burla: el propósito de la muralla es frenar el avance de los mongoles, pero tal propósito nunca se alcanza, pues se trata de una construcción infinita que deja brechas a cada paso.
    Más allá de los precursores de Kafka, el verdadero precursor del novelista Franz Kafka fue el abogado Franz Kafka. Sin la labor diurna del jefe de la aseguradora no habría existido producción nocturna del escritor. En realidad, parece existir escasa separación entre el Kafka diurno y el Kafka nocturno.
    Como hombre libre, y con cierto espíritu filosófico, el abogado Franz Kafka siguió en todas sus aventuras a su demonio, Franz Kafka, el Schriftstellersein, y tuvo como resultado «una diversión grande y edificante hasta el fin de sus días».

 

Franz Kafka. The Office Writings, de Stanley Corngold, Jack Greenberg y Benno Wagner (editores). Princeton University Press, 2008. 

 

 

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