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Los caminos de Comala: Pedro Páramo y Los cuadernos / José Homero PDF Imprimir E-Mail
Me detuve un rato alrededor de esas tumbas, bajo el cielo benigno. Miré las mariposas que revoloteaban en medio de los yuyos y de las campánulas; escuché la brisa ligera que agitaba las hierbas y me pregunté cómo podría alguien imaginar que los que dormían en esa tierra tranquila tuviesen un sueño agitado.

Emily Brontë

Nos acercamos a Los cuadernos de Juan Rulfo con un ánimo en el que se mezclan la reverencia y la osadía. Pretendemos, en nuestra ingenuidad, asistir a la gestación de la obra magistral. No sólo congregan las partes expurgadas de Pedro Páramo, también otros documentos necesarios para comprender mejor el desarrollo, las influencias y las intencionalidades de esta escritura: los esbozos de El hijo del desaliento, la abandonada novela primeriza, listas con frases singulares y curiosas, anotaciones de rasgos para los personajes, los fragmentos de la anunciada y nunca entrevista segunda novela, la legendaria La cordillera, que gracias a estos vestigios cobra veracidad. La variopinta muestra de fragmentos, borradores, apuntes y anotaciones permite procurar teorías en torno a la poética del autor, cotejar versiones, al tiempo que aporta reveladoras líneas sobre el sentido y las intenciones de la obra; de ahí que la principal aportación de exponer la cocina literaria rulfiana sea permitir a sus estudiosos corroborar intuiciones, dilucidar prejuicios, aclarar motivos.
Como lector, en cambio, propongo recorrer estas páginas con un espíritu semejante al de su escritura. Que nuestra atención divague y conjure asociaciones, que reconozcamos y recordemos otras historias, que nos sumerjamos en su polvo; y ciertas líneas y figuras con nuestros dedos, con nuestro aliento, dibujemos en su cambiante, terregosa superficie...

Honra y poder
«Ser el dueño de la tierra y de la honra es la gran cosa», musita Maurilio Gutiérrez, mientras lamenta su soledad y observa sus propiedades: baldíos campos.
La posesión de la tierra y el derecho de pernada, esas prebendas feudales, caracterizan a los personajes de Rulfo. Los cuadernos patentizan ese resabio, así en las secciones editadas de la versión final de Pedro Páramo, como ésta, «Los temporales», de donde tomo la cita, pero asimismo en el borrador del guion de cine «Tenacatita». Cuando una gavilla de facinerosos se aposenta en una comunidad costeña, el cabecilla, además de exigir las tierras, con alusiva mirada, muy al estilo metonímico del cine mexicano que denominamos clásico, incuba el germen del drama: codicia a la hermosa hija de uno de los desventurados ancianos:

Danilo: ¿Y quiénes son nosotros?
Padre de la muchacha: Mi hija y yo, señor.
Danilo: Pues esa casa es la que me gusta, así que desalójenla en seguida. Porque lo que a mí me gusta es mío [mirando a Paloma]. Allí viviré desde ahora. ¡Váyanse buscando otro sitio dónde construir su jacal!

La obsesión por la honra adquiere otros visos en «De pueblos y provincias», uno de los pocos relatos completos. Un hombre vuelve a su pueblo para matar al burlador de su hermana, aunque ahora se encuentren emparejados y sus hijos, sobrinos del presunto asesino, queden huérfanos. En los «Manuscritos atribuibles a La cordillera», Ángel Pinzón mata a los pretendientes de sus hermanas, a fin de conservarlas célibes y recluidas en la hacienda. Las escasas cuartillas conservadas nos inducen a juzgar que el argumento incidía en la versión desolada del poder. En Dionisio Tizcareño presumimos un personaje obsesionado por la voluntad de poderío, y, como el dueño de la Media Luna, con el alma expuesta al ventarrón de los demonios, falto de calma, impaciente, levantisco de carácter.

La historia mítica
Los apuntes para conferencias presentan ideas recurrentes en esta cosmovisión: la duración del presente, la supervivencia de los minutos, la juvenil edad de la novela, antaño género detentado por «los cronistas [...] los historiadores [...] los poetas cívicos». Ratifican igualmente el nulo aprecio de Rulfo por la novela contemporánea concentrada en transcribir los idiolectos urbanos y el cosmopolita y enrarecido clima de los años sesenta. Novela de la Onda y Novela del Lenguaje, de acuerdo a la conocida y polémica fórmula de Margo Glantz, son repudiadas, tildándolas de poco esenciales.
Rulfo lamenta la escasa difusión de los novelistas revolucionarios más valiosos. Destaca en sus novelas, no el elemento anecdótico o su importancia dentro de la cronología del género, sino el hálito intemporal, el clima trágico, su metafórico cariz.

Muchas páginas de Mariano Azuela, de Martín Luis Guzmán, de Gregorio López y Fuentes, de Mauricio Magdaleno, de Ferretis, de Francisco L. Urquizo o de Nellie Campobello, son tan reveladoras de la esperanza o de tanta explosión contenida por un siglo de represión y de búsqueda inútil.
—Se ha criticado a esta literatura de ser sólo un reportaje. También se le ha negado su carácter revolucionario; y no ha faltado quien la catalogue dentro de un documento jurídico.
—Pero exceptuando a Vasconcelos y a Martín Luis Guzmán, quienes adoptan un género autobiográfico, tal vez con el fin de hacer un testimonio congruente de una época que les tocó vivir, otros, los más, abrieron sus sentidos a la creación de mitos.

Al saludar, en The Dial, la aparición de Ulises, de James Joyce, T. S. Eliot discurrió sobre la importancia del sustrato mítico en la narrativa como un puente entre la antigüedad y la edad actual; y, sobre todo, como una forma de dar orden al caos moderno. Rulfo no abogó por una literatura escindida de la historia, pero juzgó que la novela no podía circunscribirse al documento o al catálogo. Al leer Se llevaron el cañón para Bachimba no encuentra un informe militar sino una alegoría de la derrota y el fracaso, no netamente en una facción revolucionaria, sino del hombre mismo. En su obra aplicaría un procedimiento similar. Los fragmentos conservados de Pedro Páramo, así como los bocetos novelescos, tornan explícita la inspiración histórica confirmando que su obra es un fruto tardío —¡pero el más suculento!— de la Novela de la Revolución. En esas versiones primeras, la deliberada ambigüedad de su única novela aún no es tal. Los pasajes eliminados proporcionan información temporal, geográfica y psicológica, situándola en principio como una obra realista. A cambio de esa pérdida en claridad, Pedro Páramo, bañada por la luz áurea del polvo mítico, ganó en universalidad.

Uno es como su tierra
«[Dostoievski] se quejaba de que la literatura rusa estaba en crisis y Dostoievski lo decía cuando a su lado convivían Gogol, Pushkin, Tolstoi, Turgueniev, Andreiev y una docena más de escritores que estaban creando lo más sólido de la literatura rusa». La clave es la mención de Andreiev. La obra de Rulfo nos imbuye con un intenso aroma nostálgico. Maurilio Gutiérrez, personaje de «Los temporales», trasteando en el pórtico de su casa, «veía el viento que el verano soplaba sobre sus tierras y se le salían las lágrimas. No de pesar, sino por el recuerdo: el olor de las hojas del madroño y de la argémona revolviéndose en la tierra de los surcos abiertos, cuando mi abuelo me decía: “¡Vas chueco! ¡Endereza el arado! ¡Tuércele el cuello a los bueyes!”». El acento está en la relación con la tierra a través de los sentidos. La inefable poesía de esta prosa mucho debe a tal concreción y a su capacidad para convocar sensaciones. La sensibilidad ancestral de Rulfo no privilegia experiencia sensorial alguna, aunque, hay que decirlo, tampoco las sublima. Pareciera que Rulfo propusiera una poética de las sensaciones con todo el cuerpo. Al respecto recordemos cómo, en «Talpa», uno de los personajes describe a otro: «sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire».
Lo suyo es nostalgia del religamiento. Maurilio añora el asombro pueril. El monólogo del Padre Villalpando —antecedente del Padre Rentería— parte del vínculo entre hombre y tierra. Justamente uno de los más notables entre los notables aciertos de la obra de Mircea Eliade observa que todas las culturas creen vivir en el centro del mundo. Villalpando farfulla: «Nos dieron la tierra donde iríamos a vivir, para que viviéramos en ella. Aquí nacimos y aquí hemos de morir. No existe otro mundo. Éste es el nuestro, donde nos hemos criado junto a las lombrices y junto a los nardos. [...] En mi pueblo la vida tiene la misma medida que la muerte». ¡Cómo no asociar este arraigo con las minerales repercusiones de la novela de Rulfo! ¡Cómo no evocar a esos hombres pedregosos de «Luvina», una de las obras definitivas del siglo xx!
Las confluencias bíblicas, helenas y prehispánicas convierten a las ánimas rulfianas en creaturas de polvo a quienes el viento eleva permitiéndoles ensayar una vez más la compleja danza de la vida. No extrañe, entonces, que la época en que Juan Preciado llega al pueblo sea la canícula, un énfasis climático a la aridez y turbiedad del alma. En la versión final de Pedro Páramo las líneas son concisas, sugerentes, clásicas en su economía:

Era el tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.

En «Los temporales» encontramos una versión previa de esa descripción, menos reverberante en su connotación —¿o es la impresión que la resolana causa cuando atraviesa la línea de agua de la atmósfera?—:

Es agosto. El aire sopla caliente; envenenado por la canícula y por el olor podrido de los garambullos y las pitayas tardías; las hojas de la saponaria se rompen con el roce del viento. El pochote abre sus cápsulas maduras y suelta sus flores a la transparencia del aire; las clavellinas yacen flácidas y sin color sobre los troncos vidriosos. Sopla el viento del verano. Todo está a oscuras.

¿Y no acaso Juan Preciado habla de la nostalgia de su madre por la tierra nativa: «Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver»?
Sí, muy bien, ¿pero Andreiev? En uno de los cuentos del gran narrador ruso, «Había una vez», dos personajes de carácter opuesto, un alegre y noble chantre y un enfurruñado comerciante, conviven en un hospital. El chantre anhela volver a su terruño emblematizado por un manzano. Poco antes de morir comenta con su amargado compañero que extraña el sol brillando sobre su aldea. Ambos enfermos se unen finalmente en la desgracia llorando por «el sol que no volverían a ver, el hermoso manzano que daría fruta cuando ellos ya no pertenecieran a este mundo, la oscuridad que pronto los rodearía, la vida querida tan intensamente y la muerte tan horrorosa».

Sólo la pasión perdura (Ezra Pound)
Es extraño el mundo de Rulfo, conformado por seres desasosegados, a quienes ni la muerte concede descanso. Hijos del desaliento, marcados por el río subterráneo del dolor, continúan sufriendo más allá de la vida, acaso porque, como dijera Carlos Monsiváis, «la idea determinante no es el “más allá” sino el “aquí para siempre”». El perturbador elemento metafísico de esta obra procede de la visión amarga de unos seres carcomidos por sus pasiones y la miseria moral, donde el amor y Dios permanecen ausentes, siendo el deseo y la represión sus malignas hipóstasis: el uno del poder, el otro de la bondad.
A principios de la década de los ochenta, Luis Miguel Aguilar publicó un clásico secreto de nuestra poesía: Chetumal Bay Anthology, homenaje y parodia no sólo del libro de Edgar Lee Masters, sino también de Pedro Páramo. La Antología de Spoon Rivers, de Masters, nos induce a creer que las pasiones no acaban con la muerte. Si el vínculo entre esos epitafios que definen a más de doscientos personajes que protagonizan diecinueve historias de una imaginaria villa del Medio Oeste, y ese pueblo de muertos en pena, lleno de miedos, fantasmas de la tierra y murmullos que conocemos como Comala, se han insinuado, faltaba el lazo confirmatorio.
Un epígrafe del primer poema de Spoon Rivers precede «Los temporales». Los dormidos moradores de la colina conservan sus penas y obsesiones. Si, en Rulfo, el deseo, de tan intenso, termina enloqueciendo a sus pacientes, en Spoon Rivers los monólogos refieren biografías marcadas por el fracaso, en las que el rencor prevalece más allá de la muerte. Ollie McGee se complace en recordar que el remordimiento corroe a su marido; Amanda Barker proclama que su muerte, cuando dio a luz, fue consecuencia del odio de su esposo... No dudo en remitir a estas líneas primerizas de Rulfo, donde advertimos de manera patente la concepción cíclica de la existencia, la intemporalidad de la muerte, la pervivencia del recuerdo allende los azares de la biografía:

Yo morí hace poco. Morí ayer. Ayer quiere decir hace diez años para ustedes. Para mí, unas cuantas horas. La muerte es inalterable en el espacio y en el tiempo. Es sólo la muerte, sin contradicción ninguna, sin contraposición con la nada ni con el algo. Es un lugar donde no existe la vida ni la nada. Todo lo que nace de mí es la transformación de mí mismo [...] No tengo sentimientos. Sólo recuerdos. Malos recuerdos.

Coda
Recuerdo que, en una entrevista con Elena Poniatowska, Juan Rulfo confesó escuchar únicamente música clásica, privilegiando entre ésta la medieval. No sé por qué, quizá por una simple asociación previsible, lo imagino apoltronado en su estudio, escuchando cánticos gregorianos, responsos fúnebres, misas y, en el mejor de los casos, ensaladas. Cuando leí los Cuadernos por vez primera, en el momento de su aparición, y saludé con respeto el trabajo de Ivette Jiménez de Báez, escuchaba «Let Me In», el réquiem de Michael Stipe para Kurt Cobain. La distorsión de las guitarras, la monocromía de sus acordes, el volumen alterado mediante secuenciadores que evoca un viento furiosamente ululante, sugieren una atmósfera fúnebre y barroca —sin serlo. O una especie de tormenta de arena contra la que se desgrana la letanía de Stipe hasta que su voz adquiere un tono festivo. Resignación ante la muerte. Las nubes engullen en ese momento la ciudad, Stipe se acompaña de un pandero para acometer mejor su función de plañidera, los acordes poco a poco adquieren precisión. Unas gotas de lluvia vacilan en las azoteas. Quizá esos versos de Stipe para Kurt sean también para conjurar toda clase de fantasmas, sobre todo a quienes no descansan en paz. En lugar del reclamo de Catherine Earnshaw, suplicándole al visitante que la deje entrar tras veinte años de errancia, este conjuro para encontrar la paz en la desaparición:

I had a mind to stop you
let me in let me in
I’ve got tar on my feet and I can’t see
The birds look down and laugh at me.



 
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