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La eternidad del llano / Gabriela Torres Cuerva PDF Imprimir E-Mail

San Gabriel sale de la niebla húmedo de rocío. 

«En la madrugada», El llano en llamas

La Comala de Pedro Páramo se llama San Gabriel. Una ciudad —designada como tal desde 1894, pero a la que su gente sigue llamando pueblo— enclavada al sur de Jalisco, justo donde termina la Sierra Madre Occidental e inicia el llano. A ella fui a parar por obra y gracia del Festival Cultural 2017 y de la celebración centenaria por la que está de plácemes el mundo literario. El archivo histórico dice que Rulfo no nació allí, sino en Sayula. «Es que por un incendio accidental la oficina del Registro Civil estaba cerrada. Cuentan que no había ni actas para registrar al niño», dice alguien y después lo reconfirma alguien más, lo que me hace pensar que es un clamor popular que ya se ha vuelto verdad oficial. Y es que dicen que dicen, dado que el escritor cumpliría cien años este año, la gente de ochenta y cinco años de San Gabriel —la longevidad es un tema— no había nacido cuando el adolescente Rulfo dejó el pueblo para partir a Guadalajara. Ellos, lugareños de corazón, preservan las historias de sus padres y emparejan sus recuerdos. Los muertos hablan a través de sus hijos.   
     Moderar talleres de cuento en torno a la obra de Rulfo, en la ciudad de su infancia y de sus primeros asombros, en un lugar donde la gente sabe hacer relatos orales con facilidad y congruencia, sin perder detalle, con el aliciente del oyente siempre interesado y azuzado por lo que viene a continuación, es un doble regalo. Los grupos están rebasados. Hemos tenido que abrir nuevos foros y horarios para dar cabida a la gente interesada. Sin contar que también están los que ya no están, los que enseñaron a los presentes a ambientar situaciones y anécdotas, a reinventar cada uno con estilo propio lo mismo que han dicho los otros por generaciones. Así se van enriqueciendo los hechos. Rulfo, de apenas cien años, despierta entusiasmo en los incipientes cuentistas: narradores orales de tradición. Si a los gabrielenses les interesa hacer cuentos, a mí me emociona la posibilidad de tantas voces en una sola: Juan Rulfo, el creador de imágenes, maestro indiscutible de la narrativa mexicana.           
San Gabriel ostenta el lema de «Noble, Culta y Leal» con acciones. El primer postulado, con referencia a la educación, es que los niños aprendan a leer y sigan leyendo durante toda su vida. Es decir, que no vean los libros como instrumentos para pasar de año, sino como baluarte de una vida plena en la que serán capaces de emitir opiniones, tener una postura crítica, ser objetivos y de mente clara y, en especial, de viajar a otros mundos y vivir otras vidas.
     Apenas circulada la convocatoria para los alumnos de sexto de primaria y los tres grados de secundaria, los estudiantes se alzan a favor con la iniciativa de cada semana asistir al taller, ya con El llano en llamas y Pedro Páramo en su haber como lectores, dispuestos a experimentar estrategias narrativas en torno a la ambientación, los personajes, la temática. Los espacios: la llanura, «verde, algo amarilla por el maíz maduro» a la que Juan Preciado llega por indicaciones de su madre; el pueblo, «aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno». Dispuestos también a jugar con la temporalidad en los relatos: a aprender de las espléndidas analepsis, prolepsis, elipsis, en la novela y en los cuentos; de personajes que van, vienen, regresan, se acaban de ir o ni siquiera han llegado.                     
     Uno de los primeros diálogos de Pedro Páramo hace referencia al padre de Juan como un «rencor vivo», palpitante en todos los hijos y en sus madres, en el resentimiento que persiste con el paso del tiempo y de la muerte. Por otro lado, la obra de Juan Rulfo ha resistido los vendavales de uno y de otra, del polvo en el que nos convertimos y que pisarán los que nos siguen. Y en una hermosa sinécdoque, es la ciudad de San Gabriel el modelo a escala de lo que ocurre y seguirá pasando con el legado rulfiano: vive y seguirá encendido. Se lee, se estudia, se conversa, se dialoga, siempre hay algo qué decir, qué analizar.
     Los jóvenes y viejos de San Gabriel (lo he logrado constatar en mis recientes visitas) saben dialogar con el texto. Esto, me atrevo a asegurarlo, les viene de la cuna. Las madres tienen la costumbre de cantar a sus hijos, de leerles, de hacerles ver desde pequeños que existen realidades alternas a la realidad, otro tipo de gente, otros seres humanos tan iguales y tan distintos a los que pasan por la acera todos los días de toda la vida. Las calles de esta ciudad invitan a la reflexión, a las preguntas: ¿cómo pasa esto? ¿Qué habilidad natural comparten para lograr visualizar más allá de lo que leen? ¿Acaso es normal y común que una niña de once años diga queSusana San Juan tiene «un alma de los colores de la tierra y del viento»? ¿Que un joven de primero de secundaria se grabe el discurso de Damiana Cisneros mientras cruza el patio?:

Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen.

Un grupo de adultos identifica en Pedro Páramo: «Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras», puntos de cruce con la pregunta existencial, o dicho académicamente, el tópico literario ubi sunt: expresión latina que encierra las preguntas acerca del vacío, de la ausencia, de la mordedura, el «cuarto vacío» de la muerte: ¿dónde están todos? ¿Por qué se han ido? ¿Qué hay cuando esto termine? ¿Me iré yo también? ¿En qué nos convertimos? Algunos erigen su postura religiosa (el noventa y dos por ciento de los gabrielenses son católicos); otros aseguran que los personajes siguen vivos mientras sus descendientes sigan transmitiendo sus historias. Tal y como hacen ellos con los relatos de sus antepasados. El grupo de adolescentes identifica el significado de algunas palabras en el cuento «La herencia de Matilde Arcángel», al ponerlas en contexto: garrudo, bingarrote, manadero. Dos mujeres del grupo de las comunidades cercanas ensayan diálogos de no más de cinco palabras por línea, basados en el cuento «No oyes ladrar los perros». Así se aprende a escribir cuentos. Indagando, curioseando, metiendo las narices hasta el fondo de lo que se lee, de lo que se escucha, de lo que se aspira en el aire.
     «No hay manera de vivir sin los libros», suele decir la maestra Teresa Corona Vizcaíno, cuyo segundo apellido refiere la consanguinidad de su familia con la de Rulfo, y que recién cumplió ochenta y seis años. La maestra, aunque retirada ya de sus funciones, tiene capacidad visual de veinte, vitalidad suficiente para pasear por las calles, dialogar sin cansancio y escuchar lo que los demás tienen que decirle. «El ánimo está en aprender. En unir lo que está pasando hoy con lo que nos dice la literatura. Si fuéramos más atentos con lo que pasa, nos daríamos cuenta de que todo es lo mismo: la realidad y la ficción. Que al final, cuando una ya se enseñó a ver con los ojos de la literatura, las dos confluyen en una misma agua».
     La maestra Tere habita una de las tantas hermosas casas de la región, con la arquitectura a favor de la circulación del aire de principio de siglo: un generoso patio interior, que conduce a los cuartos como si fueran las arterias de un corazón pletórico de plantas y de gatos. Como todos los habitantes de San Gabriel, defiende las tradiciones del lugar que la vio nacer, crecer, enamorarse de su vocación como maestra de primaria, entregar su vida a los niños: «Somos los mismos. Aquí se vive igual desde hace cien años y no queremos perder esa paz. Las ciudades viven en la turbulencia».
     Al caer la tarde, la gente saca sus equipales. El revuelo por las próximas festividades del Señor de la Misericordia de Amula se deja sentir en la algarabía de los niños, ataviados con trajes y plumas. La chirimía y la banda municipal afinan en un rincón, bromean y se carcajean. «Hacemos alegorías de las flores con la belleza, de las palomas con la esperanza», me explica uno de los danzantes. La Quinta, La Alcantarilla, Cruz Verde, Las Olas Altas, barrios aledaños, hacen una peregrinación de agradecimiento por lo que se ha recibido y se espera recibir del nuevo año.
     La última imagen de Juan Rulfo en San Gabriel, cuando ya vivía en la Ciudad de México y llegó con los de Imevisión a filmar la casa de su infancia, está grabada en la mente de la maestra Tere: «Lo traían en una camioneta Suburban y no se quiso bajar. Los técnicos entraron y acomodaron libros en equipales. Tomaron fotografías. Pedían permiso de mover esto y aquello. Una señora se acercó a decirle: “Bájese. Ésta es su casa”. “No, no. Son demasiados recuerdos”. “Entonces le traigo algo, un agua de limón”. “Ándele. Eso sí”». Poco después, regresó y sí se bajó. La gente se arremolinó. Traía una chaqueta negra. Muy serio. Le dijeron que hablara al micrófono, que le dijera algo a la gente. No aceptó. «Ni falta que hizo», dice la maestra, «nosotros ya nos sabemos todo».     

 
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