Terreno de juego / Damián Cabrera

1

Los animales pasan. Su presencia es, raras veces, una aparición notoria. En el pastizal, ligeramente, vibrar de láminas.

 

2

Su desplazamiento había llegado a término ventajoso, y el sueño de las finales cobraba forma de promesa. Todo eso pasados años de sus primeras incursiones en el campo; y en las carpas transitorias, en las losas y en los ranchos del lugar de donde provenía el crack, las radios coincidían a la hora del descanso, teniendo por momento de unidad el elogio de sus fuerzas sin desgaste.
      Era el contento solicitado luego de la invasión de langostas. Y aunque al respecto se guardaba el mayor recaudo, todos intuían que el corolario sería más bien mbóre, y mejores cosechas.
      Esperaban.

 

3

El vacío se abre en el pastizal como un estornudo cortando el silencio. Norberto cava con la azada pequeños surcos formando cuadriláteros, circunferencias y semicircunferencias. Hubo un momento en el que la seguridad de la empresa había sido puesta en duda, pero ahora que la cancha cobraba forma, la algarabía corría hacia el interior de las carpas, y ese trabajo era visto como un mojón que se instala a medida que se gana terreno.

 

4

Elegir el lugar fue lo más fácil. Había una superficie llana junto al humedal, que tenía por límite la ruta internacional al Sur, el asentamiento al Este, el sojal, los bosques y una olería abandonada, alrededor.
      Primero fueron las llamas, y se alejaron un poco porque el viento quería extenderlas hacia el bosque. Mucho después vinieron las primeras corpidas; pero el pasto se extendía muerto y hubo que carpir cuidando que no quedara ningún trozo de raíz que pudiera lastimar sus pies.
      Los primeros partidos fueron los más tortuosos, pero el goce, la satisfacción provocada por la labor que se realiza con esfuerzo, era el motor que aplanaría la tierra.

 

5

Una vez cesado el fuego, caminar entre las cenizas es un trabajo; puesto que una región aparentemente ilesa puede ocultar un infierno interior ardiendo perezoso.
      Fueron a cortar unos palos para los arcos, y en el camino miraban el suelo, porque ser vistos andar por ahí sin pudor alguno empezaba a ser una molestia que preferían evitar. Pero el tránsito fue silencioso y nadie se vio inclinado a recurrir a la intimidación o cosa más consistente como reacción a amenaza.
      Cuando Norberto hundió el hacha, perdió el equilibrio y cayó de espaldas, vomitando su almuerzo. Era algo habitual desde que se habían instalado, pero lo mismo a todos les dio mucho asco. Ellos rieron. Él.
      A la edad de ocho años, Norberto se hallaba cazando alimañas para luego distraerse dándoles muerte, pero un mal cálculo le acabó los pies.
      Por eso Norberto es el eterno arquero. Con los muñones anclados a la tierra, realiza la tapada más curiosa que jamás se haya visto en el potrero.

 

6

Norberto tomó las culebras con un palo y las arrojó. A las brasas, donde desaparecieron instantáneamente, como hundiéndose en un mar de lava.

 

7

Nadie, como él, aplaude las llegadas de su dios a la meta. Él se hunde las manos entre las piernas haciendo el chaj chaj de un mortero, afina el oído con cara de imbécil y luego salta sobre sus muñones cuando su héroe finaliza el ataque.
      Este año su devoción ha sido única, y alguno piensa que en su espera no hay lugar para que las derrotas se inscriban quietamente y le siente.

 

8

La gente registra el espacio por un rato. Todo parece tener la lamentable calma de los entierros. Algo zumba, menos de lo esperado afuera, menos de lo que se quería, y algún petardo taladra disconforme la noche. Algunos olvidan lo que hacen cuando beben, y otros quieren olvidar lo que hacen cuando beben. Sea perdido. Pero todo pasa al olvido. Pero todo… Él: No.

 

9

Cuando el crack entró con el corte en el hombro, el capataz lo recibió con el rostro empañado; se dio con el puño en la cabeza como un doble signo de lamento y aclamación. Él hundió el dedo en la herida y miró hacia el pastizal, donde algo aún se movía.
      Siempre se habían tratado con odio mutuo, por eso, ahora, la cortesía del recibimiento de los colonos lo descolocaba, y él accedía a las fotos y los autógrafos de forma mecánica aunque desconfiado. Aun así, ahora aguardaba el atendimiento correspondiente con la certeza de que su regreso sería más seguro, aunque desde que se sentó, la muerte era algo ineludible en su pensamiento, pero en tantas direcciones. Que se confundía.

 

10

La calle es de un color rarísimo. Eso que se le ha metido en la cara, haciéndole sudar, o algo por el estilo, no son sino las diversas texturas del camino que recolectó con el pómulo derecho y una de las narinas.
      Por aquí pasan muchos camiones, hasta el río, para cruzar en balsa. Y en el transcurso dejan caer porciones que matizan el paisaje.
      Si hubiesen llegado a finales, habrían ido en camión hasta el arroyo, donde él chuparía las mandarinas que le gustan tanto. Pero no llegaron y él está cansado y huele a caña.
      Ahora que las frustraciones lo inclinaron casualmente, o él eligió inclinarse causalmente por ellas hacia una participación más activa pero cuyo peso excesivo se ha vuelto aplastante, la existencia de las mandarinas tiene continuidad asegurada, al menos en una de sus formas. Así como en un terreno simultáneo, él tendría para anotar los pies.

Comparte este texto: