Intertextualidad / Octavio Escobar

     Nunca sabrás de dónde vino todo esto.
     En el origen todo era caos, dios antes de dios,
     punto central —inmóvil—
     de la rueda;
     todo fue superponiéndose
     con la misma promiscua ansia de los días;
    
     Darío Jaramillo Agudelo
    
 «, ya que los últimos experimentos de laboratorio han venido a probar que la materia en último término se resuelve en energía… Si la energía, como la electricidad, está en directa proporción con la expansión radiante, como magnetismo, el resultado es el equilibrio o armonía celular… Las ondas de vibración para la actividad vital tienen determinada frecuencia en el cumplimiento de su normal finalidad. Si esta frecuencia se altera por exceso o por defecto, una nueva modalidad de movimiento se opera, trastornando el ritmo local y propagándose por vibratoria relación a los puntos o células inmediatas…». Así tus recuerdos, olvidados, recónditos, vuelven de golpe borrando los años. La memoria parasita a la memoria. Lo hacen en masa, confundidos, simultáneos en el tiempo detenido de mis neuronas; partida es llegada en un mismo movimiento recurrente hecho de algas, de mareas. Hoy, cuando mi sangre cumple los ciclos pendientes por el sistema arteriosclerótico, enmohecido, llega tu imagen, sombra de mi insomnio, visitante privilegiada como este penúltimo anidado en mi intestino, creciendo sin control como la noche, hiperactivo en su triunfo sobre el Demerol. Regresas en el espejo de nuestra relación, después del Valium, acompañando a esta sensación de otra vida en mí, caótica, brutal, acabando con la mía; célula tras célula tras célula; uterinas, atávicas. Es el proceso salvaje de las mitosis, bacanal arcaica, puerta abierta hacia la esencia. El sueño farmacológico, inquieto, trae zonas de tu piel delimitadas por heridas quirúrgicas, incisiones del bisturí guiado por mi mano. Yo bebo tu sangre con gestos obscenos, iterativo en el placer, desbocado. Después las náuseas, los rastros de la culpa…
    
     «tales interferencias se producen por vibraciones de orden físico, o de orden psíquico. Entre las de orden físico… están en primera línea los sensuales tocamientos de los órganos de la generación… (que) …estropean la sensibilidad de las redes nerviosas de dichos órganos y causan la interferencia vibratoria de las células… Como causas psíquicas tenemos la continuada sensación o emoción de tristeza, de pesadumbre, las múltiples preocupaciones de la vida de sociedad, las ansiedades, o mejor dijéramos, aspiraciones individuales insatisfechas que producen hipocondría… También puede producir dicha enfermedad la introducción de aparatos metálicos para ayudar o facilitar el parto…». Facilitar la muerte, disolverla, matar el miedo. No temo al más allá, al vacío. Temo a la caída, a la vejez súbita, al cansancio de la agonía en los ojos de mi mujer, de mis hijos. Tampoco quiero una cama de hospital, persistencia inútil, anti-vida. Temo a las limitaciones de la analgesia; he visto llorar voluntades más fuertes, he oído gritar dignidades mayores a la mía. Conozco el sufrimiento, su intensidad, su paciencia. Me hará odiar, odiarme; mutilar mis sentidos, perderme. Temo también a la conciencia total del cuándo del último momento; no hay equilibrio posible entre dos abismos de soledad. Con precisión puedo sentir desde ahora cómo parará cada órgano, asfixiados por la falta de oxígeno, huérfanos del murmullo microeléctrico, incapaces de pasar una molécula más de glucosa a través de las membranas celulares. La intrincada red de reacciones químicas repetidas miles de veces, se detendrá despacio, viva per se, esperando al abstracto existente gracias a ella, aguardando órdenes, suicida. No quiero el estrés de la partida. Hasta tu persistencia longilínea, elusiva, se irá de mi mente como lo hiciste tú mismo cuando los años juntos, la amistad, perdieron sentido como un compartimento inútil. No te culpo, entiendo tu desengaño, la violencia cometida. Hay pactos firmados en el papel de las horas. Era distinto cuando llegué; estaba vivo, lo estuve. Buscaba sin el afán del fruto por la caída. Después maduré; aprobación, respeto, poder sobre los destinos de otros mientras perdía el mío; beber la esperanza de la propia ruina paso a paso, fragmentarse. Relajar la profesión, volverla rutina, indiferencia…
     «netismo solar nos da vida, energía y salud; en cambio Saturno con sus lentas y cristalizantes ondas tiende a producir la quietud en el movimiento de la vida… Las potencias solares al encontrar resistencia en los plasmas de expresión de la vida, se quiebran en siete colores, siendo uno de los más vigorizantes…». Es extraño cómo nos aferramos a cualquier esperanza. Negamos la razón, construimos barreras para la honradez. Sabemos de la terquedad de la carne, de su lealtad consigo misma. Sin embargo buscamos el atajo, hallamos la espiritualidad propicia. Llegué al éxito profesional por ver más allá del motivo de consulta, por creer en algo distinto al imposible de curar; quizá un cierto sentido para captar la angustia personal, la esquiva emoción enfermiza. De ahí la fidelidad de mi clientela. Les tengo cariño a algunos, cada vez menos por la competencia del reloj definitivo, a muchos los odio. Ya no creo en el dinero, vana ilusión, tranquilidad prestada como el alivio de los analgésicos, libertad equívoca. Los años de trabajo me lo siguen proporcionando sin esfuerzos como compensación a las muchas cegueras, a las renunciaciones. Al principio estaban las cartas, el alcohol, la charla inútil. Te conocí entonces; hacías señas a los otros jugadores mientras servías en las mesas cercanas. Llegué a creer en la mala suerte, en el embotamiento del trasnocho continuo. Pero no perdí mucho. Con la compra de la casa comenzó mi resignación; luego instalé la farmacia. Ahí estás, aprendiendo los nombres detrás del mostrador. No entiendo. La fidelidad es otra moral, pero entonces no lo sabía; sin embargo te escogí. Apenas te salía la barba, demasiado joven para manejar drogas. Debieron ser tus manos: largas, finas, blancas. Las imaginé expendiendo la receta salvadora al verlas servir el ron. Siempre he tenido debilidad por las manos. La semana pasada, cuando me tomaron la biopsia, las manos blandas de la auxiliar me aumentaron las náuseas. Recordé con nostalgia tu silueta levantándose del catre extendido al fondo de la farmacia, para correr desnuda hasta la ducha al aire libre. Yo te miraba desde la ventana de mi cuarto. Otras veces, en verano, amanecías en el patio, la cobija desordenada sobre la colchoneta después de una noche de sueño infinito con las estrellas. Me intrigaba tu indiferencia ante las cosas, las pasiones dominadas, varoniles. Pensaba en de dónde vendrías, en el secreto de unas manos tan suaves, tan nuevas. Pero no pregunté nada. Sigues siendo un misterio, impenetrable, inaccesible…
    
     «aplicar el color verde esmeralda, y así las células vivas al recibir esta ayuda del exterior empiezan a extirpar y a eliminar las atrofiadas, lográndose por este simple sistema la curación de tan terrible mal… Para aumentar el poder vibratorio de las células e intensificar la curación el paciente debe usar el Círculo Oscilante… existe una gran cantidad de energía electro-magnético-radiante, que interfiere por inductancia en los organismos aumentando la fuerza potencial de sus células y por tanto su equilibrio… Este círculo oscilante es un conductor metálico (de preferencia cobre) que se coloca alrededor…». Las promesas terapéuticas son siempre la expresión de una estadística. Frente a lo definitivo es cómodo aceptar las posibilidades de un estrecho porcentaje. Para mí no existen. Puedo aceptar las certezas negativas, es parte de mi profesión. Saturno eclipsa mi vida como lo hizo cuando terminó nuestra relación de hombres solos. No puedo culpar a mi esposa. Ni me conoce, ni se conoce, somos víctimas de una gran ignorancia. El noviazgo fue lo natural, lo conveniente. Después vino el matrimonio como confirmación del deseo colectivo, como consagración de un orden. Costumbre, peristaltismo tópico. Pero no puedo negar los beneficios estables e insidiosos. Cuando encontré este libro (Israel Rojas R., El secreto de la salud y la clave de la juventud, cuarta edición aumentada, Editorial Irradiación, Manizales, 1938), entre las cosas de mi padre, después de su muerte, recordé las botellitas de colores, casi todas verdes, puestas al sol con agua lluvia para beberlas en prevención de cualquier patología, cargadas con vibraciones beatíficas. La salud es un negocio que también se sirve del engaño. Como lo es mi unión matrimonial; siempre la reciprocidad entre dos deberes inculcados. Hemos construido una familia de apariencias, lógica para nuestros hijos. Las dosis de cariño se reparten con estricta moderación, con un encantador sentido de las proporciones. Es una frialdad congénita, refractaria; horarios sumisos, presencias sin regocijo, conformidades. Sin esta enfermedad no estaría auscultando el pasado. Es difícil explicar la intensidad, es una sensación sin fronteras; se fractura en instantes, en magias simples, inexplicables con palabras. Todos estos años seguí el síndrome de la normalidad, el proceso insensible. Fue un desperdicio. Uno se va de sí mismo, acepta. Pero hoy son más importantes en el infiel, ponderado balance de la memoria, las cotidianidades de los primeros años de la farmacia, las conversaciones, los mínimos excesos, las fatigas, la curiosidad abierta, los silencios. Imposible explicar la frescura de los hechos simples. Los demás veían hielo en tus ojos; espiaban la íntima perfección de tus movimientos, los gestos inconexos, las caminadas sin sentido. Yo sabía de la contención, del vivir resguardado, secreto. Con cuánta claridad recuerdo nuestros momentos cerrados, inalcanzables desde afuera…
    
     «formas (cuerpos) como son transitorias, están movidas o sostenidas por el hálito de la vida, y aunque ellas dejan de ser, el espíritu o potencia esencial permanece inalterable. El célebre Laplace admitió como razonable la existencia de una materia caótica que sirviera de fundamento para la creación de los universos y de los mundos…». Puede ser la vida, inocente, implacable, puede ser el deseo. Mi futuro es el orden; voy empujado por el caos celular. Ni sé de dónde nace el capricho de leer sobre mi enfermedad en este ejemplar de posible superchería. Pero lo respeto aunque no le tenga fe, es sólo espuma del mar de palabras sin sentido, oleaje de voces gastadas en el oficio de encubrir las realidades del mundo. Quizá el recuerdo de mi padre me corta la ironía. Pero no compraré botellitas. Ya llevé una vida in vitro como para confiarles la prolongación de mis días. Tampoco me amargaré pensando en el pasado; las pocas fotografías, estrechas, amarillas, no bastan. Eres la fiebre: veloz, invisible, muda, circunvoluciones girando en torbellinos de color lejano. Pero puedes ser tan sólo el ensueño, epilepsia inducida por los narcóticos, memoria mutada. Es bueno dejarlo todo. Tengo miedo, pero puedo esperar tranquilo a mi última visitante l           

 

 

 

Comparte este texto: